En estos tiempos donde la información fluye a velocidades nunca antes vistas, es común que algunos personajes sin norte ni principios intenten disfrazarse de comunicadores para hacerse de un espacio en la opinión pública.
Todo aquel que ha fracasado en su ejercicio profesional, que no ha logrado reconocimiento por méritos propios, o que no tiene posibilidades reales de alcanzar posiciones de liderazgo mediante el sacrificio, la formación y el trabajo constante, suele recurrir a una estrategia tan antigua como dañina: crear una plataforma mediática no para informar ni orientar, sino para chantajear.
Estos individuos, sin el menor sentido de responsabilidad social, se parapetan detrás de un micrófono, una cámara o una cuenta en redes sociales, y desde allí lanzan ofensas, distorsionan hechos, inventan acusaciones y destruyen reputaciones.
No buscan la verdad, ni mucho menos el bienestar colectivo. Lo que persiguen es lucro: ganar dinero a costa del daño ajeno, manipular la opinión pública para forzar negociaciones, y obtener beneficios personales mediante la extorsión. Se convierten en verdugos del honor, traficantes de la mentira y mercenarios del escándalo.
Pero no podemos ni debemos confundirlos con los verdaderos comunicadores.
Un comunicador de verdad es una persona culta, formada, que domina el lenguaje con maestría, con una ética que le impide cruzar la línea de la difamación. Es alguien comprometido con la verdad, que estudia los hechos, contrasta las fuentes y prioriza el bienestar colectivo por encima del interés personal. El buen comunicador es aquel que entiende que su palabra tiene peso y consecuencias, y por eso la usa con responsabilidad.
No es lo mismo opinar que manipular. No es lo mismo denunciar con pruebas que difamar sin fundamento. No es lo mismo comunicar que gritar. Y definitivamente, no es lo mismo un periodista o comunicador que un boca de burro que aprovecha un medio de difusión para sembrar el caos, el odio o el descrédito.
Como sociedad, debemos aprender a diferenciar a los que orientan de los que envenenan. Debemos dejar de premiar al que grita más fuerte y empezar a valorar al que habla con verdad, con argumentos y con valores. El respeto al otro, la búsqueda de la verdad y la ética profesional no pueden ser reemplazados por la vulgaridad, el chantaje y la extorsión disfrazada de “comunicación”.
Hoy más que nunca, necesitamos voces firmes, pero responsables. Opiniones libres, pero con sustento. Información veraz, no espectáculo destructivo.
Porque el verdadero poder de la comunicación no está en destruir, sino en construir una sociedad más informada, justa y digna.











