Desde un simple timbre hasta la ventana abierta para una estafa, los nuevos fraudes telefónicos se esconden bajo prefijos internacionales diseñados para confundir y sorprender. Recientemente, autoridades han alertado que ciertos números extranjeros se utilizan en llamadas breves para inducir a las víctimas a devolver la llamada, desencadenando cargos exorbitantes o exponiéndolos a esquemas de “vishing” en busca de datos personales y bancarios.
La preocupación crece cuando estas llamadas utilizan códigos como +355, +225, +233, o los relacionados con el Caribe, como +809, +829, +849, prefijos que muchos, intrigados, están dispuestos a responder, sin saber que podrían estar abonando el terreno a la pérdida económica. Además, el método conocido como “wangiri” aprovecha el impulso natural de devolver una llamada perdida, aunque esta dure apenas un segundo. Esa mínima curiosidad puede costar caro.
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Empresas y organismos de seguridad recomiendan no responder llamadas de números desconocidos, especialmente si son internacionales o provenientes de códigos que habitualmente utilizan los delincuentes. El impacto económico ha sido notable: se han identificado casos en los que las llamadas se cargan como servicios premium, tarifas internacionales o como cargos especiales en la factura telefónica sin que el usuario se dé cuenta hasta que llega el momento de pagar. Este tipo de fraude funciona porque muchas personas no se percatan del abuso hasta que reciben un cobro considerable.
En medio de esta situación, algunas autoridades han impulsado protocolos sencillos como el método LAP (Localización, Autor y Propósito): primero evalúa el prefijo y si es sospechoso, luego verifica quién está llamando y finalmente analiza el motivo de la llamada. Esta estrategia promueve la prevención y ayuda a frenar la desinformación, especialmente entre las poblaciones más vulnerables.
Las técnicas empleadas por estafadores van desde el spoofing, que falsifica el número de llamada para que parezca legítimo, hasta el vishing, en el que la voz del estafador convence al usuario de abrir acceso a datos sensibles. También están los robocalls automatizados que simulan organismos oficiales, bancos o entidades de cobro.
Quienes caen en este tipo de engaño pueden terminar revelando información como números de cuenta, contraseñas o códigos de seguridad; y en casos extremos, entregan fondos mediante tarjetas regalo o pagos rápidos bajo presión emocional.
El auge de estas estafas coincide con avances tecnológicos como la inteligencia artificial y el voice cloning, herramientas cada vez más utilizadas para crear voces reales imitando instituciones oficiales o incluso familiares. Este tipo de manipulación eleva el nivel de engaño y hace que muchos esfuerzos de concienciación queden en desuso ante una llamada convincente.

La realidad es que el fraude telefónico ya no depende solo de la destreza del estafador, sino también de tecnologías que falsean la confianza del receptor. Se estima que millones de llamadas con prefijos fraudulentos se originan en redes que operan con pocos controles, y que las pérdidas financieras crecen a un ritmo alarmante, especialmente cuando las víctimas solo detectan el problema al recibir la cuenta telefónica.
Más allá del daño económico, estas estafas reflejan un vacío en la protección digital y muestran que el consumidor necesita estar cada vez más atento. Aprender a identificar señales de alerta como llamadas urgentes, números desconocidos y prefijos inusuales puede marcar la diferencia entre pasar inadvertido o convertirse en víctima de un fraude sofisticado.
La combinación de códigos extraños, técnicas de manipulación emocional y cargos ocultos convierte a estas estafas en una amenaza real para cualquier persona, sin importar su nivel de alfabetización tecnológica. La recomendación es clara: bloquear los prefijos sospechosos, no devolver llamadas perdidas de origen desconocido, desconfiar ante peticiones de información y compartir estas alertas con familiares y círculos cercanos.








