El mal no surge por generación espontánea. El cerebro humano, lejos de ser un ente moral, simplemente responde a estímulos: premia lo que garantiza sobrevivir y castiga lo que coloca en riesgo. Cuando un sistema social recompensa la crueldad y sanciona la bondad, lo que emerge no es un monstruo extraño, sino ciudadanos comunes adaptados a esa lógica perversa: dopamina para el depredador, cortisol para el débil.
Hoy vivimos en una sociedad que aplaude al que engaña con astucia, al que manipula con destreza, al que golpea más fuerte en el ring de la vida pública. La metáfora de Jekyll y Hyde ya no es una novela antigua: es la vida real de miles de hombres y mujeres que aprenden que para ser visibles hay que ser crueles, y que la bondad no solo es inútil, sino peligrosa.
Byung-Chul Han ha descrito cómo vivimos en una sociedad del rendimiento y del cansancio, donde el individuo se explota a sí mismo en una competencia sin fin. En este escenario, la empatía no tiene lugar y la solidaridad es vista como pérdida de tiempo. Michel Foucault lo advirtió antes: el poder no solo controla, sino que fabrica sujetos obedientes a través de normas invisibles. Y Christopher Lasch diagnosticó hace décadas una cultura obsesionada con la apariencia y el éxito inmediato, donde lo comunitario ha sido sepultado por el narcisismo.
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En la República Dominicana lo vemos a diario. La política convertida en espectáculo, la vida pública dominada por la demagogia, las redes sociales transformadas en un coliseo romano donde se lincha al débil y se glorifica al agresivo. El ciudadano aprende rápido: ser bueno no paga, ser justo no conviene, ser empático no da Likes”.
La pregunta es: ¿vamos a seguir aceptando un sistema que nos deshumaniza y que convierte la crueldad en virtud? ¿O vamos a tener el valor de cambiar las reglas del juego?
Este país, y el mundo entero, necesitan un viraje radical. Necesitamos que la bondad recupere prestigio, que la honestidad vuelva a ser rentable, que la empatía sea sinónimo de poder. De lo contrario, estaremos criando generaciones de depredadores funcionales, brillantes en la astucia, pero vacíos en humanidad.
El tiempo de la indiferencia terminó. O recuperamos el rumbo social, o seguiremos siendo piezas de un juego diseñado para que siempre gane el más cruel.











