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Nepal como espejo: alerta para República Dominicana

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Por Wendy Chevalier

Nepal acaba de vivir un punto de quiebre histórico. Su presidente, Ram Chandra Paudel, y el primer ministro, K.P. Sharma Oli, renunciaron tras semanas de protestas masivas que dejaron muertos y heridos. Lo que comenzó con la prohibición de redes sociales se transformó en un estallido social contra la corrupción y la desconexión del gobierno con su pueblo. Las calles de Katmandú ardían mientras la juventud exigía cambios y rendición de cuentas. Este episodio funciona como un espejo para cualquier país donde se intenta silenciar la voz ciudadana.

República Dominicana observa señales que no podemos ignorar. La llamada ley Mordaza, la persecución de periodistas e influencers que denuncian corrupción, las restricciones a medios digitales y el control sobre la información reflejan intentos de limitar la crítica activa y sofocar la participación ciudadana. Sin embargo, los dominicanos sabemos defender nuestros derechos y amamos nuestra patria. No queremos llegar a los extremos que vemos en Nepal, pero debemos ser conscientes de las alertas cuando el pueblo percibe que sus reclamos son ignorados.

El país enfrenta un deterioro evidente en servicios esenciales. La salud pública las fallas graves en SENASA, los hospitales y centros de atención no tienen capacidad suficiente, mientras la deuda externa se incrementa con préstamos que no garantizan la inversión social. La educación pública también colapsa. Entre Roberto Fulcar y Ángel Hernández se la han comido. Más de 700 mil niños fuera de las aulas. La electricidad sigue siendo inestable, los costos de alimentación continúan aumentando y el transporte público no da abasto. Esta combinación genera una presión constante sobre la clase pobre, media y deja a la población vulnerable, mientras la clase alta mantiene privilegios que parecen oprimir al ciudadano común. Como una pieza de ajedrez donde la reina, Farideh Raful, mueve al dominicano al borde de la desesperación.

No sirven las infraestructura física, tampoco las enfermedad emocional de la sociedad. Los niveles de ansiedad, frustración y estrés son evidentes en las calles. Los casos de suicidio reflejan un malestar creciente, y la presión social podría intensificar esta tragedia si no se actúa pronto. Existe un descontento general que amenaza con convertirse en explosión social porque los ciudadanos sienten que sus necesidades y derechos son ignorados y que su bienestar no es prioridad de quienes gobiergan. El bombardeo constante de noticias negativas y la sensación de impotencia agravan aún más esta crisis emocional.

Nepal nos enseña que la represión y la censura no detienen la indignación, sino que la amplifican. Cuando un país pierde la capacidad de escuchar a sus ciudadanos, pierde también la capacidad de sostenerse en pie. Un Estado sin libertad de expresión, sin salud pública eficiente, sin educación universal, sin energía estable, con servicios básicos deteriorados y con desigualdad económica extrema es un país que camina hacia el colapso sin freno.

Luis Abinader tiene la oportunidad de evitar ese camino. Fortalecer la transparencia y la rendición de cuentas, garantizar la libertad de prensa y digital, mejorar los servicios de salud y educación, proteger la estabilidad económica de la clase media, abrir canales efectivos de participación ciudadana y atender la presión social antes de que la paciencia del pueblo se agote. No podemos esperar a que la desesperación se transforme en violencia. Debemos actuar ahora para que el amor por nuestra patria no se vea amenazado por la opresión y la negligencia .

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