REDACCIÓN.- La dificultad para decir “no” influye en decisiones mínimas como aceptar un café mal preparado, pero también determina cómo las personas lidian con la autoridad y la presión social en distintos ámbitos.
Así lo explica Sunita Sah, profesora de la Universidad de Cornell y autora del libro Defy: The Power of No in a World that Demands Yes, en una entrevista con Scientific American.
Sah señala que desde la infancia se enseña que la obediencia es sinónimo de “ser bueno”, un aprendizaje que puede limitar la capacidad de actuar conforme a los propios valores.
Ella misma, criada para evitar el conflicto, estudió medicina más por expectativas ajenas que por convicción, lo que la llevó a investigar cómo se forman los patrones de conformidad en sectores como la salud y la justicia penal.
El peso de la obediencia: del experimento de Milgram a la vida diaria
Para ilustrar el alcance de la obediencia, Sah recuerda el famoso experimento del psicólogo Stanley Milgram, en los años 60, donde casi dos tercios de los participantes administraron descargas eléctricas de hasta 450 voltios a un supuesto alumno por instrucciones de una figura de autoridad.
No lo hicieron por maldad, sino por falta de herramientas para desafiar órdenes.
Esa tendencia sigue vigente. En uno de los estudios de Sah, más del 85% de los participantes cambiaba su elección en una lotería por la recomendación de un desconocido, incluso si les perjudicaba.
En el sector sanitario, nueve de cada diez empleados admiten incomodidad para señalar errores a colegas o superiores.
Tres fuerzas que dificultan decir “no”
De acuerdo con Sah, existen tres factores clave:
Presión social reforzada por la “ansiedad por insinuación”: el miedo a que rechazar un pedido parezca una señal de desconfianza.
Confusión entre consentimiento y conformidad: muchas personas creen que disentir es negativo, y que obedecer automáticamente es virtuoso.
Falta de entrenamiento: no se enseña desde la niñez a expresar desacuerdos de manera segura, por lo que decir “no” se percibe como confrontación.
Cómo entrenar la capacidad de desafiar
Sah redefine la “defiancia” como actuar según los propios valores incluso bajo presión.
Para desarrollarla, recomienda empezar por pequeños actos: corregir un pedido incorrecto, expresar desacuerdo en situaciones de bajo riesgo o practicar respuestas antes de momentos críticos.
Esto permite que, frente a la presión real, las personas actúen conforme a su preparación y no al miedo.
El rol de la familia y la sociedad
El entorno es clave. Padres, maestros y líderes deben modelar una “defiancia” positiva, enseñando a niños y jóvenes a cuestionar de forma respetuosa.
Sah recuerda un episodio de su propia vida en el que su madre a quien siempre vio como sumisa enfrentó a un grupo de adolescentes que intentó intimidarlas, un momento que transformó su visión sobre cuándo alzar la voz.
Sah sostiene que cada decisión de consentir, conformarse o disentir moldea la sociedad.
Aspira a que la capacidad de “desafiar” se convierta en una habilidad accesible para todos y una vía para construir comunidades más justas, valientes y alineadas con sus valores fundamentales.







