REDACCIÓN.– En esta época del año, cuando se anuncian los nuevos exaltados al Salón de la Fama del Béisbol, una pregunta vuelve a surgir entre los aficionados de los Los Angeles Dodgers: ¿Puede Fernando Valenzuela entrar a Cooperstown? ¿Por qué no está?
Tras lo ocurrido a finales de 2025 en la votación del Comité de la Era Contemporánea, donde el mexicano obtuvo menos de cinco votos, la respuesta parece definitiva. Fernando Valenzuela no será miembro del Salón de la Fama, al menos bajo las reglas actuales. Sin embargo, también es justo decir que nunca lo necesitó para convertirse en leyenda.
La trascendencia de Valenzuela está muy por encima de una boleta, una placa o una estadística. No se trata de una defensa apasionada ni de un reclamo contra los votantes. Mucho menos de un berrinche por el desprecio institucional hacia el nativo de Etchohuaquila, Sonora. Se trata, simplemente, de reconocer una verdad incuestionable: Fernando Valenzuela ya es inmortal.
Las cifras que lo dejaron fuera de Cooperstown —173 victorias, efectividad de 3.54, 2,074 ponches, 41.4 WAR, 113 juegos completos y 31 blanqueadas— no alcanzan a medir el impacto real de su carrera. Los números no registran los valores intangibles, el contexto histórico ni el fenómeno cultural que representó.
En 1981, cuando el béisbol atravesaba una de sus peores crisis por el conflicto entre jugadores y la MLB, la Fernandomanía reconcilió al público con el juego. Estadios llenos, entusiasmo renovado y una conexión emocional que trascendió lo deportivo. Valenzuela no solo lanzó pelotas: revivió una pasión.
No sería la primera vez que el Salón de la Fama reconoce carreras breves pero extraordinarias. Dizzy Dean y Candy Cummings están exaltados con menos victorias que Valenzuela y con periodos de brillantez similares. Nadie cuestiona sus méritos. Nadie debería hacerlo.
Valenzuela no inventó la curva como Cummings ni ganó 30 juegos en una temporada como Dean, pero su screwball redefinió el dominio desde la lomita y lo convirtió en un ícono de su tiempo, dentro y fuera del terreno. Fue Cy Young, Bat de Plata y campeón de Serie Mundial en 1981, un logro extraordinario.
Comparar épocas es una trampa. El béisbol del siglo XIX, el de los años 30 y el de los 80 son deportes distintos. Pretender medir la grandeza solo con estadísticas frías es una simplificación injusta.
Han pasado 45 años desde la explosión de la Fernandomanía y, en los murales urbanos de Los Ángeles, la figura de Valenzuela sigue viva. Sus grafitis rivalizan en presencia y tamaño únicamente con los de Kobe Bryant, otro ídolo eterno de la ciudad. Eso no lo dictan los votantes; lo dicta el pueblo.
¿Qué es la fama? Según el diccionario, “el estado de ser conocido por muchas personas debido a logros notables”. Eso, Fernando Valenzuela lo alcanzó hace décadas.
La inmortalidad, el legado, la identidad, el impacto social, la excelencia deportiva y la capacidad de cambio que representó Valenzuela permanecen intactos, incluso después de su fallecimiento el 22 de octubre de 2024. Su historia se sigue contando de forma natural en su ciudad adoptiva, una de las capitales del béisbol mundial.
Como Dizzy Dean, Valenzuela nunca volvió a ser el mismo tras una lesión. El uso excesivo de su prodigioso brazo izquierdo, impulsado por Tom Lasorda, acortó su etapa de excelencia. Aun así, decidió continuar, quizá en detrimento de sus números finales, pero reafirmando su amor por el juego.
Su carrera fue brillante, aunque concentrada en un periodo específico. Su leyenda, en cambio, es eterna. Hoy, solo un fenómeno como Shohei Ohtani parece capaz de generar una conexión similar con los aficionados de los Dodgers.
Si Cooperstown le cerró sus puertas, el Salón de la Fama sabrá por qué. Pero Fernando Valenzuela no lo necesita.
Porque hay inmortales que no caben en un museo.











