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Fiebre por proteína azota a EE.UU. y transforma tradicional pirámide alimentaria

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Nueva York – La tendencia de aumentar el consumo de proteína para ganar masa muscular y perder peso ha ganado fuerza en Estados Unidos, impulsada por redes sociales, la industria alimentaria y respaldada recientemente por un giro en las recomendaciones oficiales del Gobierno federal.

Cadenas como Starbucks han incorporado a su oferta cafés y tés con leche reforzados con proteína de suero, mientras que diversas marcas comercializan aperitivos como palomitas y pretzels enriquecidos con este nutriente. La popularidad de las dietas hiperproteicas ha convertido a la proteína en uno de los principales argumentos de venta en supermercados y restaurantes.

“No estoy segura de dónde empezó exactamente esta fascinación reciente o cómo se contagió en redes”, señaló la doctora Andrea Deierlein, directora de Nutrición de Salud Pública en la Universidad de Nueva York. La especialista explicó que en plataformas como Instagram proliferan mensajes de médicos e influentes que promueven el consumo elevado de proteínas como estrategia para controlar el peso.

Diversos estudios apuntan que las dietas ricas en proteínas pueden aumentar los niveles de hormonas como la GLP-1, asociadas con una mayor sensación de saciedad. Sin embargo, Deierlein advirtió que aún se dispone de información limitada sobre los efectos a largo plazo de estos regímenes alimentarios.

El fenómeno ha trascendido el ámbito comercial y digital. El Gobierno de Estados Unidos publicó nuevas Guías Alimentarias que reemplazan la tradicional pirámide nutricional y priorizan el consumo de proteínas de alta calidad, lácteos enteros y grasas naturales. Bajo el lema de “terminar con la guerra a la proteína”, el secretario de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr., presentó recomendaciones que fijan una ingesta diaria de entre 1,2 y 1,6 gramos de proteína por kilogramo de peso corporal.

El nuevo enfoque fomenta el consumo de carne roja, huevos y mantequilla, alimentos ricos en grasas saturadas que durante décadas fueron objeto de advertencias por su vínculo con enfermedades cardiovasculares y metabólicas. Esta modificación ha generado debate en la comunidad médica.

La Asociación Americana del Corazón (AHA) reiteró que el consumo de grasas saturadas debería limitarse al 6 % de las calorías diarias y recomendó priorizar proteínas vegetales, mariscos y carnes magras. Por su parte, el Comité de Médicos por una Medicina Responsable subrayó que los alimentos vegetales procesados suelen asociarse con menor riesgo de diabetes y enfermedades cardiovasculares.

“Si ponemos todo el esfuerzo en la proteína animal, descuidamos otros nutrientes vitales como la fibra”, advirtió Deierlein, quien formó parte del comité científico que elaboró un informe previo en 2025 que finalmente no fue adoptado por la actual administración.

Más allá del debate sanitario, el auge proteico también tiene implicaciones económicas. Un estudio de la firma Empower indica que el 49% de los consumidores estadounidenses considera la proteína como un ingrediente “de lujo” por el que está dispuesto a pagar más. En promedio, los hogares destinan unos 50 dólares semanales a productos proteicos, y el 42% opta regularmente por opciones de “doble proteína”, proporción que aumenta entre los jóvenes.

La creciente obsesión por la proteína refleja no solo un cambio en los hábitos alimentarios, sino también una transformación en las políticas nutricionales y en la manera en que el mercado responde a las tendencias de consumo en Estados Unidos.

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