A los 17 años, Estévez dejó Dolores, su ciudad natal, impulsada por el deseo de abrirse camino en la actuación. Sus padres, aunque con recursos limitados, la acompañaron en ese salto. “Mi papá era una persona adorable, entendía lo que yo quería, pero no tenía recursos. Y mi vieja era muy severa, pero le dije: ‘Me voy igual’. Me apoyaron, aunque no tenían mucho para aportar”, recordó la actriz, subrayando el contraste entre el afecto y las posibilidades económicas de su entorno familiar.
La decisión de mudarse trajo rápidamente desafíos. Luego de compartir un departamento y verse forzada a dejarlo, Estévez se encontró ante una encrucijada. Regresar a los pagos era una opción que rechazó de plano. “Un día me tuve que ir del departamento que compartía con una chica y volver a Dolores era ir al muere. No sabía pedir ayuda, entonces dije: ‘Me la voy a bancar’”, relató, describiendo una mezcla de inocencia y determinación que, según sus palabras, la ayudó a sobrevivir a la intemperie.
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En ese contexto, la actriz detalló cómo eligió la Terminal de Ómnibus Retiro como refugio nocturno. “Tenía plata porque yo trabajaba. Tenía plata para comer, para moverme, para vestirme, pero no para pagar un alquiler. Entonces pensé: ‘Una chica de pelo largo, ojos claros y un gran bolso, dónde pasa desapercibida?’. Y dije: ‘En Retiro’. Hay luz todo el día, la gente anda con bolsos y elegí ese lugar”, explicó sobre la lógica que la llevó a buscar protección y anonimato en un espacio público y concurrido.
Durante esta etapa, la rutina de Estévez se organizó entre el trabajo y la supervivencia. “Iba al teatro, me duchaba ahí, comía con mis amigos”, evocó, resaltando la importancia de los pequeños gestos de normalidad que encontraba en el ambiente teatral, aunque su situación real distaba mucho de la estabilidad.
La actriz pasó varias noches en la Terminal, aunque no puede precisar cuántas. La situación cambió cuando alguien de su entorno detectó el trasfondo de su vida cotidiana. “No sé cuanto tiempo estuve, hasta que Roberto, el director de la obra, se dio cuenta. Me dijo: ‘Necesito a alguien que cuide mi gata y riegue mis plantas’, y ahí fui”, rememoró. Ese ofrecimiento no solo le brindó un techo, sino que marcó el comienzo de una recuperación que, en sus palabras, dependió tanto de la voluntad personal como de la intervención oportuna de quienes la rodeaban.

Durante el diálogo con Pergolini, Estévez subrayó que nunca perdió la sensación de estar en riesgo, aunque desarrolló mecanismos de autoprotección. “Suena tremendo. Siempre tuve mucha inocencia, no tanta ingenuidad porque agarré calle y creo que eso me salvó”, reflexionó, aludiendo a la necesidad de aprender rápido las reglas de la vida en la calle para evitar peligros mayores.
El relato de la actriz también pone en primer plano la dificultad de pedir ayuda en situaciones extremas. La vergüenza, la desconfianza y el temor al estigma contribuyen a que muchas personas atraviesen circunstancias límite sin buscar el auxilio de instituciones ni de allegados. En el caso de Estévez, la solución llegó de manera indirecta, a través de la sensibilidad de un colega que interpretó las señales a tiempo.

La entrevista, generó impacto no solo por el testimonio personal, sino por la crudeza con la que Estévez describió su paso por la marginalidad transitoria. Lejos de la imagen pública asociada al éxito y la estabilidad, la actriz eligió contar una faceta muchas veces invisibilizada del oficio artístico y de la juventud migrante en grandes ciudades.
La conversación entre Estévez y Pergolini se inscribe en una serie de entrevistas que buscan desnaturalizar los lugares comunes sobre la fama y el bienestar de las figuras públicas. La historia de la actriz, lejos de la autocompasión, se convierte en un testimonio sobre la resiliencia, la soledad y la importancia de los vínculos solidarios en momentos de adversidad.






