sábado, mayo 16, 2026

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Por qué la economía de EEUU resistió tres shocks seguidos

El avance tecnológico actúa como escudo parcial, pero no elimina la vulnerabilidad ante un encarecimiento prolongado de la energía

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Hay una pregunta que recorre los análisis económicos de los últimos años sin encontrar una respuesta completamente satisfactoria. ¿Cómo hizo la economía estadounidense para mantenerse en pie frente a una secuencia de perturbaciones que, en cualquier ciclo anterior, habrían provocado una contracción severa? La suba de la tasa de la Reserva Federal de cero a 5,5% entre marzo de 2022 y julio de 2023 fue, por sí sola, uno de los ciclos de endurecimiento monetario más abruptos de las últimas décadas.

A eso le siguió el shock arancelario de 2025, seguido por el salto del precio del petróleo derivado del conflicto en Medio Oriente. Tres perturbaciones de primer orden en poco más de tres años, y la demanda privada real estadounidense nunca cedió de manera significativa. Entender por qué no es solo un ejercicio académico, sino la clave para comprender cuál será el anclaje del ciclo global en los próximos trimestres.

La explicación más sólida no está en la política fiscal ni en el consumo de los hogares, sino en una transformación estructural profunda que modificó la composición de la economía estadounidense. El gasto en tecnología y comunicaciones pasó de representar apenas USD 6.000 millones anuales en 1970 —equivalentes al 0,6% del PBI— a casi USD 2,7 billones en la actualidad, es decir, cerca del 9% del producto.

El centro de gravedad de la economía se desplazó desde el consumo de bienes físicos y la industria tradicional hacia semiconductores, software, inteligencia artificial, automatización y data centers. Ese desplazamiento no es un fenómeno financiero especulativo; se traduce en capex real, en productividad medible y en ganancias corporativas que crecen al 24% interanual en este arranque de 2026. Las empresas que lideran ese proceso tienen mayor capacidad para invertir, contratar y expandirse incluso cuando los insumos energéticos se encarecen, porque su estructura de costos depende menos del precio del barril que la economía industrial del siglo XX.

Los números del primer trimestre de 2026 confirman esa dinámica. El PBI creció al 2% trimestral anualizado, con la inversión fija privada avanzando al 6,2% y la inversión en equipos al 17,2%. La proyección de inversión de capital para el conjunto de 2026 ascendería a USD 760.000 millones, un incremento de USD 314.000 millones respecto de 2025, equivalente a una suba del 70% en un solo año.

Esa cifra es el mejor indicador disponible de cuán profundo y acelerado es el ciclo de inversión tecnológica en curso. Por comparación, en 2020 esa inversión era de apenas USD 94.785 millones. En seis años, se multiplicó por ocho. El comportamiento de las ganancias corporativas en la temporada de balances del primer trimestre de 2026 refuerza ese diagnóstico: el 81,9% de las empresas del S&P 500 que reportaron resultados superó las estimaciones del consenso de mercado, con el sector tecnológico liderando holgadamente, donde el 96,3% de las empresas que informó superó las expectativas.

Ese soporte estructural explica también la peculiar geometría del mercado financiero estadounidense en este contexto. El índice de volatilidad VIX se ubica en torno a 17 puntos, por debajo de 20, mientras el Brent cotiza por encima de USD 110 el barril. En los grandes shocks energéticos y geopolíticos anteriores, la volatilidad financiera acompañaba al precio del crudo al alza. Esta vez no ocurre lo mismo. El S&P 500 acumula una suba del 5,5% desde el inicio del conflicto con Irán y del 6% en lo que va del año. El Nasdaq, más sensible al ciclo tecnológico, avanzó un 11,7% desde que comenzó la guerra. El mercado está comunicando algo preciso: el boom de inteligencia artificial y el capex asociado son percibidos como fuerzas más determinantes para las perspectivas corporativas de mediano plazo que el encarecimiento del petróleo.

El mercado laboral refuerza ese cuadro. En el primer trimestre de 2026 se crearon en promedio 68.000 empleos mensuales, con la tasa de desempleo estabilizada en 4,3% y los costos laborales creciendo al 3,8% anual. El empleo privado promedió 79.000 puestos mensuales en el trimestre. Son números que no describen un mercado laboral en expansión acelerada, pero tampoco uno que esté cediendo bajo la presión del petróleo caro o de las tasas elevadas. La moderación es gradual y controlada, no una señal de deterioro. Para la Reserva Federal, ese cuadro no habilita ningún alivio monetario en el horizonte visible. El PCE núcleo anualizado de los últimos tres meses corre al 4,43% y los servicios excluyendo vivienda al 4,62%. Con las condiciones financieras sin mostrar estrés —el S&P 500 en máximos es, en los hechos, una forma de política monetaria expansiva que la Fed no puede ignorar— la pausa prolongada sigue siendo el único escenario coherente con los datos disponibles.

La pregunta que el análisis deja abierta es cuánto puede durar esta resiliencia si el bloqueo del Estrecho de Ormuz se prolonga. El petróleo caro ya está presionando al alza los precios de la gasolina en Estados Unidos, con una suba del 65,2% respecto de los niveles previos al inicio del conflicto. Ese encarecimiento actúa como un impuesto regresivo sobre el consumo de los hogares, que compensa parcialmente el dinamismo del sector empresarial. La inversión en propiedad intelectual y equipos tecnológicos puede absorber costos energéticos más altos mejor que la industria tradicional, pero los consumidores de ingresos medios y bajos no tienen esa misma capacidad de adaptación. Si el shock energético se prolonga y consolida, el consumo privado —que ya se desaceleró al 1,6% trimestral anualizado en el primer trimestre de 2026 desde niveles de 3,5% en el tercero de 2025— podría deteriorarse de manera más pronunciada y empezar a erosionar la base sobre la que se apoya la resiliencia estructural.

En definitiva, lo que el caso estadounidense muestra en 2026 es que la transformación tecnológica puede actuar como un escudo parcial frente a shocks externos de magnitud histórica. Parcial, porque ninguna economía es inmune al encarecimiento de la energía de manera indefinida. Pero real, porque los mecanismos de transmisión que en el siglo XX convertían el petróleo caro en recesión directa operan hoy con menor intensidad sobre una economía cuya base productiva depende menos del barril y más del procesador. Esa diferencia estructural es la que separa a Estados Unidos de Europa en este ciclo, y es la que determinará en buena medida cuánto daño real produce el bloqueo de Ormuz sobre la economía global. Mientras el ciclo tecnológico se sostenga, el ancla aguanta. Si se debilita, el panorama cambia.

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