Los trinitarios, febreristas, brillaron al inicio.
Fueron estelares.
Su coraje encendió el proyecto independentista emergiendo la República que todos soñaron con un lienzo tricolor impresionante.
Después su pensamiento y actuación cambiaron, flaquearon.
Ante la propuesta política del patricio Juan Pablo Duarte y Diez mostraron inconsistencia.
La dispersión llegó rápida luego del grito y el trabucazo de aquella noche gloriosa de 1844 en el Baluarte del Conde cuando la duda se adueñó de todos.
Ante la visión y accionar del patricio Duarte, sus pasos se hicieron inconsistentes.
Tal decisión no anula su entrega y sacrificio por una nación libre.
Sus intervenciones fueron valiosas y decorosas.
Pero esa fisura les costó, a algunos de ellos, altura y peso histórico restándoles categoría de patricios plenos.
Un patricio se mide por la coherencia, no sólo por el acto fundacional.
Sus lamentables inconsistencias ideológicas, políticas y patrióticas se evidencian en un extenso pero sustancioso párrafo de la hermosa y fascinante biografía del auténtico, indomable y rectilíneo patriota Juan Pablo Duarte, escrita y publicada recientemente por el acucioso historiador y sociólogo Orlando Inoa donde se destaca:
“Revisando el papel desempeñado por los febreristas en la historia política dominicana durante la Primera República salta a la vista que el panorama no era muy halagador. Comenzando con los trinitarios, podemos ver que Francisco del Rosario Sánchez se hizo seguidor de Buenaventura Báez, siendo propuesto en el 1856 para acompañarlo como candidato vicepresidencial, posición que declinó, aunque señaló a Baez como el candidato más apto para ocupar la presidencia. Luego fue nombrado por Báez para, comandante de armas de Santo Domingo; Ramón Matías Mella fue seguidor de Santana; Juan Nepomuceno Ravelo se había convertido en un fanático anexionista siendo el único trinitario que firmó el acta de pronunciamiento a favor de la Madre Patria y quien más tarde se embarcaría con las tropas españolas de retirada en 1865 quedándose a vivir en Cuba; Juan Isidro Pérez se encontraba internado en un hospital, sin control de sus facultades mentales; Pedro Alejandrino Pina, quien estaba en Curazao exiliado, debió acompañar a Duarte en su aventura de apoyo al Gobierno Restaurador lo que no pudo hacer por encontrase enfermo. Aunque Pina mantuvo su patriotismo intacto, había tomado la decisión de adoptar la ciudadanía venezolana, lugar donde ejerció funciones públicas; José María Serra “sirvió el cargo de oficial mayor del ministerio de Justicia e Instrucción Pública durante la primera administración de Santana y a la caída de Jiménez se ausentó del país, al cual no volvió jamás, estableciéndose en Mayagüez, Puerto Rico, donde consagró sus energías al periodismo y a la enseñanza”. Félix María Ruiz, quien se ganaba la vida como encuadernador de libros y maestro, se estableció en Venezuela, desde donde nunca regresó; Benito González después de establecerse la República decidió no participar más en política y se dedicó al ejercicio de la abogacía”.
Observado lo anterior, queda en evidencia que una espaciosa sombra de inconsistencia, luego de la proclamación de la Independencia Nacional, arropó, dolorosamente, la visión, misión y acción de Duarte valores que lo catapultaron, por y para siempre, como un auténtico Padre de la Patria, merecedor de la lealtad y la firmeza.
Esa opacidad proyectada por algunos de los trinitarios en sus decisiones y comportamiento y quienes habían jurado por la Santísima, Augustísima e Indivisible Trinidad de Dios Omnipotente para dar paso a una realidad social y política diferente, luce ser parecida a la que exhiben muchos de los que posteriormente han ejercido el poder político y el liderazgo nacional.
Tal fragilidad se volvió patrón anteponiendo el interés al principio.
Quizás no lo buscaron.
Tal vez no lo midieron.
Al alejarse de Juan Pablo Duarte y Diez, redujeron su dimensión histórica.
Se distanciaron, penosamente, de lo que significa ser patricio.
Así de simple.
Así de evidente.
Pero real…







