Por Padre, Enerio Vásquez.
Abrimos la “pantalla” y nos encontramos con noticias ensangrentadas de otras partes, olor a pólvora, imágenes apocalípticas indescriptibles. Como diría mi mamá: “el diablo anda suelto y sólo Dios puede amarrarlo”. Sólo que mi mamá no sabía que el diablo usa corbatas rojas, es rubio, y con un extraño color anaranjado y cree en Dios.
Pero dejemos a un lado este escenario de lejanos países y echemos una mirada al abril de nuestro suelo, el que pisamos, nuestra Quisqueya.
En nuestro suelo se conjugan la fe y la política como dos hermanas muy queridas juntas caminan el viacrucis de un pueblo que sufre las embestidas de las injusticias estructurales y la esperanza de la resurrección.
Para los dominicanos abril no es sólo un mes en el calendario; es el mes donde la fe religiosa y la lucha política coinciden en la historia nuestra de forma dramática.
Recordemos la revolución de abril del sesenta y cinco la lucha de un pueblo al que se le arrebata de golpe su derecho a vivir en democracia, a tener el gobierno que ha elegido por voluntad y mayoría absoluta el contraste de la paz y la guerra la revolución estalló una semana después de Semana Santa. Y luego el oprobio de las botas de cuarenta y dos mil marines.
La poblada del ochenta y cuatro ocurrida inmediatamente después de semana Santa, los sermones religiosos, las siete palabras pronunciadas desde los púlpitos y transmitidas por radio y televisión se apagaron por el grito de protesta de un pueblo al que se le negaba el derecho a comer con una carga impositiva nunca antes vista y una inflación que rebasaba todos los límites.
El último evento que consternó la sociedad civil y enlutó a la República Dominicana ocurre el pasado ocho de abril del dos mil veinticinco. El desplome del techo del Jet Set sobre cientos de hombres y mujeres que sólo habían acudido a ese lugar con el interés de escuchar la voz más alta del merengue: Rubí Pérez.
Una vez más abril se convierte en marca, en historia para los dominicanos. Este ocho de abril del dos mil veintiséis se cumple el primer año de la tragedia mas grande de nuestro país, una CATASTROFE que deja centenares de muertos, heridos y una escuela de dolor en las madres que aún lloran a sus hijos e hijas, viudas y huérfanos y un pueblo que aún espera que los jueces de los tribunales dominicanos hablen como saben: por sentencias, pero esta vez para proclamar la justicia que calme la sed, y el grito desesperado de un pueblo que espera y confía en sus autoridades para que este hecho lutuoso no quede impune.






