Esta estrategia es conocida como modificación de la radiación solar (SRM, por sus siglas en inglés) y recibe financiamiento para su investigación. Existe un consenso general de que su aplicación sería prematura: la investigación avanza, pero la incertidumbre sigue siendo elevada.
Un equipo internacional integrado por especialistas de Argentina, Brasil, Reino Unido, Estados Unidos y Francia analizó los debates éticos actuales vinculados a la SRM y publicó los resultados en Zenodo.

El grupo, liderado por investigadores de CONICET, FLACSO Argentina, la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de Entre Ríos, junto con la Alianza para una Deliberación Justa sobre la Geoingeniería Solar (ONG de Estados Unidos), examinó quiénes deberían tomar decisiones sobre su desarrollo y cuáles podrían ser los impactos en la salud humana.
El proyecto fue financiado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Wellcome Trust.
La sombra de la incertidumbre global

La SRM es un término paraguas que abarca tecnologías experimentales diseñadas para enfriar el planeta. Las más estudiadas en los modelos climáticos exploran cómo reflejar parte de la luz solar antes de que alcance la superficie terrestre o aumentar la emisión de radiación térmica saliente.
El objetivo es reducir el ingreso de luz o facilitar la salida de calor para compensar el calentamiento causado por los gases de efecto invernadero.
Esta idea ganó relevancia en 2006, cuando el Premio Nobel Paul Crutzen propuso en la revista Climatic Change la inyección de dióxido de azufre en la estratósfera como medida de emergencia.
En 2009, la Royal Society reforzó el debate científico y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) incluyó por primera vez esta tecnología en 2007.

La naturaleza ofrece un análogo: grandes erupciones volcánicas, como la del Pinatubo en 1991, demostraron que las partículas en la atmósfera pueden bajar la temperatura global temporalmente.
Las acciones más estudiadas incluyen inyectar aerosoles de azufre en la estratósfera, aclarar nubes marinas con sal para reflejar más luz o adelgazar nubes altas para liberar más calor al espacio.
Estas intervenciones tendrían alcance planetario y serían continuas, aunque sus efectos variarían según la región.
Esa diversidad de impactos plantea interrogantes sobre las consecuencias reales que podría tener la alteración del equilibrio solar de la Tierra.
Ecos en la atmósfera y en la vida

Modificar la cantidad de luz solar no es un ajuste uniforme: la distribución de lluvias cambiaría, con aumentos en algunas regiones y descensos en otras, y la reducción de temperatura global sería desigualdad.
Los patrones climáticos que sostienen la agricultura y el agua potable de millones de personas podrían modificarse, y se generan preguntas sobre el impacto en la salud.
Las partículas inyectadas llegarían a la superficie y serían inhaladas por la población; algunas sustancias propuestas están asociadas a enfermedades respiratorias, cardiovasculares y neurológicas.
Además, disminuir la luz solar podría influir en el estado de ánimo y la salud mental, un riesgo que la ciencia apenas empieza a explorar.

Uno de los objetivos del informe, publicado en Zenodo, fue mapear el estado actual del debate científico y ético sobre la SRM desde una perspectiva de salud pública, con énfasis en los países del Sur Global.
“La pregunta central resultó incómoda pero necesaria: ¿qué efectos tendría esta tecnología en la salud de las personas y quién asumiría los riesgos?“, detalló en diálogo con Infobae una de las coautoras del trabajo, la doctora en filosofía María Florencia De Santi, magíster y especialista en Ciencia Política y Sociología (FLACSO) e investigadora en bioética del CONICET en el Centro de Investigación en Salud y Ambiente (CISA) de la Universidad Nacional de Entre Ríos.
Para responder, los investigadores combinaron una revisión bibliográfica narrativa y rápida en bases como PubMed y Google Scholar, al emplear decenas de combinaciones de términos en inglés y español. Entre miles de publicaciones, solo 17 estudios cumplieron los criterios para un análisis profundo, lo que revela una brecha crítica de evidencia sobre los impactos en la salud.
Esos 17 estudios no alcanzan para confirmar ni descartar los riesgos: los efectos identificados son inferencias basadas en las propiedades de las sustancias propuestas o en modelos climáticos, no en evidencia directa sobre el impacto de la SRM en poblaciones humanas.
Por eso, el principal hallazgo del trabajo fue la escasez de literatura sobre el vínculo entre la SRM y la salud humana, especialmente desde la perspectiva del Sur Global.
La mayoría de las investigaciones se desarrollan en países del Norte Global, en particular Estados Unidos y Europa, aunque comienza a crecer la participación de países latinoamericanos.
Las conclusiones apuntan a que los efectos de las tecnologías serían desiguales, según la región, el nivel socioeconómico y la capacidad de los sistemas de salud.

“Los marcos éticos y de gobernanza existentes abordan la salud solo de forma indirecta, y los países del Sur Global están prácticamente ausentes tanto en la investigación como en la toma de decisiones”, señaló la investigadora superior del Conicet y primera autora del informe, la doctora Florencia Luna, quien es una de las ganadoras del Premio Konex Diploma al Mérito 2026 en la categoría “Ética”.
Mientras tanto, la modificación de la radiación solar aparece como posible alternativa ante la dificultad de reducir la temperatura global solo con las medidas actuales.
Así surgió una pregunta adicional, de acuerdo con los investigadores: “Si no se consigue frenar el calentamiento ahora, ¿cómo se podrá evitar sus consecuencias más graves sobre la salud humana?“.
Como coeditores y autores del reporte, también estuvieron Timothy Daly e Ignacio Mastroleo. El equipo contó con la colaboración de Marco Agustoni, Paola Buedo, Inés Camilloni, María Inés Carabajal, Francisco Garcia-Gibson, Julia Guivant, Gian Franco Lisanti, Julieta Nasi, Hassaan Sipra y Shuchi Talati.






