Según The New York Times, tanto la dieta, actividad física y consumo de alcohol inciden de forma directa en el riesgo de desarrollar cirrosis, esteatosis o cáncer de hígado.
La Asociación Europea para el Estudio del Hígado (EASL, por sus siglas en inglés) publicó en 2024 guías clínicas que consolidan décadas de evidencia: la modificación del estilo de vida sigue siendo el eje central del tratamiento y la prevención de la enfermedad hepática asociada a disfunción metabólica (MASLD, por sus siglas en inglés).
1. Evitar el alcohol, el agresor más documentado

El consumo habitual de alcohol es uno de los factores de riesgo más estudiados para el daño hepático. Zoubair Younossi, director del Centro Global para la Investigación de Resultados y Políticas Hepáticas en la Universidad de Georgetown, explicó al medio citado que en personas con disfunción metabólica incluso un consumo moderado puede agravar el deterioro del hígado.
Las guías de la EASL de 2024 recomiendan desalentar el consumo de alcohol en todos los pacientes con enfermedad hepática, con especial énfasis en quienes presentan fibrosis avanzada o cirrosis, para quienes la abstinencia total es una indicación categórica.
Un estudio publicado en agosto de 2025 en el Journal of Hepatology, liderado por el doctor Naga Chalasani, de la Universidad de Indiana, cuantificó el riesgo: el consumo diario de alcohol eleva la mortalidad hepática un 4% en hombres y un 8% en mujeres, mientras que el consumo episódico excesivo multiplica ese riesgo hasta 52 veces en hombres y 25 veces en mujeres. La misma investigación encontró que una dieta saludable puede reducir la mortalidad hasta un 86% entre bebedores frecuentes.
2. El azúcar añadido y la sobrecarga del hígado

El exceso de azúcar, particularmente en forma de bebidas endulzadas, es otro factor con amplio respaldo científico. Shira Zelber-Sagi, dietista clínica y epidemióloga de la Universidad de Haifa, Israel, señaló que la evidencia vincula el alto consumo con la esteatosis hepática metabólica.
Un metaanálisis que incluyó 15 estudios con 65.149 participantes reveló que la prevalencia de MASLD fue un 31% mayor en personas que consumían regularmente alimentos ultraprocesados ricos en azúcar o fructosa.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que los azúcares libres no superen el 10% de la ingesta calórica diaria, aunque advierte que una reducción al 5% aportaría beneficios adicionales. Un estudio publicado en 2025 en PLOS ONE estimó que el riesgo de MASLD aumenta un 18% por cada incremento en el consumo de azúcares añadidos totales, y un 20% en el caso de los azúcares líquidos.
Las pautas internacionales recomiendan que las mujeres no superen los 25 gramos de azúcar añadido por día y los hombres, los 36 gramos, cifras que el estadounidense promedio duplica ampliamente.
3. Suplementos y “limpiezas”: sin evidencia suficiente

El mercado de suplementos hepáticos mueve millones de dólares, pero la evidencia científica que los respalda es escasa. Dawn Anderson, dietista clínica de la Universidad Virginia Commonwealth, indicó que sus pacientes preguntan con frecuencia sobre desintoxicaciones y productos como el cardo mariano o el café de hongos.
Un análisis publicado en 2025 en el American Journal of Gastroenterology evaluó 20 suplementos hepáticos comerciales y concluyó que la evidencia sobre su seguridad y eficacia es limitada e inconclusa.
El ingrediente más frecuente fue el cardo mariano (Silybum marianum), presente en 19 de los 20 productos, con resultados mixtos en dos metaanálisis revisados. La EASL es categórica al respecto: los nutracéuticos no pueden recomendarse por falta de evidencia sobre su efectividad para reducir el daño hepático o la fibrosis.
4. Ejercicio y peso: los aliados con mayor respaldo

La actividad física es una de las intervenciones con mayor nivel de evidencia en salud hepática. Las guías de la EASL establecen que una pérdida de peso sostenida del 5% reduce la grasa en el hígado, del 7 al 10% mejora la inflamación y del 10% o más puede revertir la fibrosis.
Vale destacar que para pacientes con peso normal, la combinación de dieta y ejercicio también reduce la grasa hepática.
El estudio de Chalasani, publicado en el Journal of Hepatology, encontró que la actividad física regular reduce la mortalidad hepática un 36% entre bebedores frecuentes y un 69% entre quienes practican consumo episódico excesivo.
Las recomendaciones internacionales apuntan a al menos 150 minutos semanales de actividad aeróbica de intensidad moderada, combinados con entrenamiento de fuerza dos veces por semana.
Zelber-Sagi advirtió que los medicamentos GLP-1 aprobados para MASLD avanzada, como Wegovy, deben acompañarse de ejercicio de resistencia, ya que la pérdida muscular puede empeorar los resultados clínicos.
5. La dieta mediterránea como estándar de referencia

La dieta mediterránea centrada en frutas, verduras, legumbres, pescado, aceite de oliva y granos enteros—acumula el respaldo más sólido entre los patrones alimentarios estudiados para la salud hepática. La EASL, la Asociación Americana para el Estudio de las Enfermedades del Hígado (AASLD) y la Sociedad Europea de Nutrición Clínica y Metabolismo (ESPEN) la incluyen en sus guías vigentes como el patrón dietético recomendado para pacientes con MASLD.
Mary Rinella, directora de enfermedades metabólicas y del hígado graso en la Universidad de Chicago, mencionó al New York Times que el café hasta cuatro tazas diarias se asocia en estudios con humanos a un menor riesgo de cirrosis y, en modelos animales, a una reducción de la grasa hepática y la formación de cicatrices.
6. La detección temprana, un paso que no debe postergarse

La hepatitis B y la hepatitis C son causas mayores de enfermedad hepática a nivel global. La OMS publicó en febrero de 2026 guías consolidadas que unifican por primera vez sus recomendaciones sobre prevención, detección y tratamiento de ambas enfermedades, con el objetivo de eliminar la hepatitis viral como amenaza de salud pública para 2030.
Rinella recomendó que todos los adultos se realicen al menos una prueba de detección de hepatitis C y que se vacunen contra la hepatitis B si no lo hicieron en la infancia.
Los médicos de atención primaria pueden estimar el riesgo hepático con análisis de laboratorio de rutina y, en pacientes con diabetes tipo 2, solicitar pruebas de rigidez hepática para evaluar la progresión de la enfermedad.
La OMS estima que, a 2025, solo el 3% de los pacientes con hepatitis B y el 20% de los que tienen hepatitis C recibieron tratamiento, cifras muy por debajo de las metas globales fijadas para ese año.








