Tras haber alcanzado niveles superiores al 10% a finales de 2022, la inflación en las economías avanzadas había logrado moderarse hasta situarse cerca del 2% a inicios de este año, generando la percepción entre los bancos centrales de que la crisis inflacionaria estaba bajo control. Sin embargo, el nuevo escenario geopolítico en Medio Oriente amenaza con revertir estos avances.
El conflicto que involucra a Estados Unidos, Israel e Irán ha provocado una fuerte perturbación en los mercados energéticos, elevando considerablemente los precios del petróleo. El crudo Brent ronda actualmente los 100 dólares por barril, frente a los 60 dólares registrados a principios de año, mientras que los precios de la gasolina en Estados Unidos también han mostrado incrementos.
Uno de los factores más críticos es la interrupción del flujo de petróleo a través del Estrecho de Ormuz, una de las principales rutas energéticas del mundo. A esto se suma la respuesta de Irán, que ha intensificado ataques contra instalaciones de gas natural en la región, agravando la volatilidad.
Aunque los analistas coinciden en que la situación aún está lejos de provocar una recesión global, advierten que el impacto en los precios de la energía podría traducirse rápidamente en un aumento del costo de vida. Estudios señalan que un incremento sostenido de 10 dólares en el precio del petróleo puede añadir entre 0.3 y 0.4 puntos porcentuales a la inflación general.
Firmas como Oxford Economics estiman que, si el crudo alcanzara los 140 dólares por barril durante varios meses, algunas economías podrían entrar en recesión leve. No obstante, otros análisis, como los de Deutsche Bank, indican que el impacto dependerá más de la rapidez del alza que del nivel en sí.
A pesar del contexto, la economía global llega a esta nueva crisis con cierta fortaleza, respaldada por el crecimiento de salarios reales y beneficios corporativos. Sin embargo, los mercados financieros ya reflejan preocupación por un repunte inflacionario, mientras los bancos centrales podrían tener menos margen de maniobra para responder, especialmente ante presiones políticas.
De prolongarse las tensiones, los gobiernos podrían verse obligados a implementar medidas de apoyo para mitigar el impacto en los hogares, lo que incrementaría aún más la presión sobre las finanzas públicas. En ese escenario, el conflicto no solo tendría consecuencias geopolíticas, sino también efectos duraderos sobre la estabilidad económica mundial.






