Por: Marino Alcántara
La Cuaresma del siglo XXI no puede seguir siendo una repetición ritual desprovista de sentido histórico y compromiso social. Hoy, más que nunca, se nos impone una lectura disruptiva del camino cuaresmal: una que no se limite a la penitencia individual, sino que se abra a la transformación colectiva de una humanidad marcada por profundas desigualdades.
En un mundo donde la brecha entre ricos y pobres se ensancha de manera escandalosa, la Cuaresma no puede ser instrumentalizada como un simple calendario litúrgico ni mucho menos como una oportunidad comercial para los grupos de poder. La Semana Santa, en muchos contextos, ha sido secuestrada por dinámicas económicas que contradicen el mensaje radical del Evangelio.
La nueva visión cuaresmal exige una pastoral encarnada en la realidad del pueblo. No se trata de una Iglesia vertical donde el sacerdote o el obispo dictan el camino, sino de una Iglesia que camina junto a su gente, que siente su dolor, que escucha sus clamores y que se compromete activamente con su liberación.
Jesús no recorrió un camino de privilegios, sino de entrega total. Su pasión, muerte y resurrección no son eventos para contemplar pasivamente, sino procesos para vivir activamente. Hoy estamos llamados a revivir ese camino en clave de solidaridad, justicia y acompañamiento real a los más vulnerables.
La verdadera resurrección no es solo un acontecimiento espiritual, sino una irrupción de conciencia. Es la resurrección de la dignidad humana, de la solidaridad comunitaria, del compromiso con aquellos que han sido históricamente marginados.
Es estar donde los poderosos no están: en las periferias, en los barrios olvidados, en las luchas invisibles del pueblo.
Desde nuestra realidad caribeña y latinoamericana, esta Cuaresma disruptiva nos invita a reinterpretar el Evangelio desde abajo, desde los pobres, desde los “pateados” de la historia.
Es ahí donde Cristo sigue crucificado, pero también donde germina la esperanza de una nueva resurrección.
Esta no es una Cuaresma de resignación, sino de transformación. No es una pausa espiritual, sino una irrupción ética. No es un rito vacío, sino un compromiso vivo.
La Cuaresma del futuro será comunitaria o no será. Será liberadora o no será. Será del pueblo o no será.







