domingo, junio 7, 2026

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Del fascismo al narcopartido: el poder que se impone desde el miedo

El uso del poder basado en el miedo, la violencia y la captura del Estado para fines que nada tienen que ver con el bien común.

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Aunque el fascismo clásico surgió en la Europa del siglo XX y el fenómeno del narcopartido pertenece al siglo XXI latinoamericano, ambos comparten un mismo ADN político: el uso del poder basado en el miedo, la violencia y la captura del Estado para fines que nada tienen que ver con el bien común.

El fascismo se presentó históricamente como una respuesta al caos. Prometía orden, autoridad y grandeza nacional. El narcopartido, por su parte, se presenta como una maquinaria “eficiente” para ganar elecciones, controlar territorios y garantizar estabilidad política. En ambos casos, la narrativa es seductora: “nosotros resolvemos lo que la democracia no puede”. La diferencia está en los métodos visibles; la coincidencia, en los objetivos reales.

Así como el fascismo subordinó las instituciones al líder y al Estado totalitario, el narcopartido subordina la democracia a los intereses del crimen organizado. El resultado es similar: la ley deja de ser un marco común y se convierte en un instrumento selectivo. La justicia persigue enemigos, protege aliados y guarda silencio ante el poder real que opera en las sombras.

El fascismo utilizó la violencia política como herramienta legítima para silenciar la disidencia. El narcopartido hace lo mismo, aunque de forma menos ideológica y más pragmática: intimidación, sicariato, amenazas veladas, compra de conciencias y control territorial. Donde el fascismo marchaba con símbolos y consignas, el narcopartido avanza con dinero ilícito, armas y miedo.

Otro punto de contacto es la destrucción del pluralismo. El fascismo anuló partidos, sindicatos y prensa libre. El narcopartido no siempre los elimina formalmente, pero los vacía de contenido: cooptando dirigentes, financiando campañas, infiltrando medios y condicionando líneas editoriales. La democracia sigue existiendo en el papel, pero está secuestrada en la práctica.

Ambos modelos comparten también una relación instrumental con la población. El fascismo hablaba en nombre del “pueblo” mientras lo reprimía. El narcopartido se presenta como benefactor social, repartiendo ayudas, financiando obras o resolviendo problemas locales, no por vocación pública, sino para comprar lealtades y asegurar impunidad. Es la política convertida en transacción criminal.

Quizás la diferencia más peligrosa es que el fascismo se mostraba abiertamente autoritario, mientras que el narcopartido opera camuflado dentro de la democracia. No necesita abolir elecciones; le basta con financiarlas. No requiere cerrar el Congreso; le alcanza con controlarlo. No necesita censurar a todos; solo intimidar a los necesarios.

La historia demuestra que el fascismo destruye naciones desde el poder absoluto. La experiencia latinoamericana muestra que los narcopartidos las corroen desde adentro, lentamente, hasta que el Estado deja de responder a los ciudadanos y pasa a obedecer a redes criminales.

En ambos casos, el resultado es el mismo: un país sin libertad real, sin justicia independiente y sin futuro institucional. Combatir estas formas de poder no es una cuestión ideológica, sino una defensa elemental de la democracia, la legalidad y la dignidad humana.

Porque cuando el miedo gobierna ya sea con uniformes o con dinero sucio la democracia deja de existir, aunque conserve su nombre.

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Roberto Monclus
Roberto Monclus
Periodista, abogado, relacionista público, productor de contenidos, articulista y gestor de medios, con más de 30 años de experiencia profesional. Ha desarrollado una sólida trayectoria en radio, televisión y edición de resúmenes de prensa, destacándose por su versatilidad y compromiso con la comunicación estratégica. Ha sido director operativo de equipos de campañas electorales para importantes candidatos y agrupaciones políticas de la República Dominicana, aportando su conocimiento en relaciones públicas y comunicación política. Actualmente labora en el Parlamento Centroamericano (PARLACEN) y se postula como candidato independiente a diputado, con una visión centrada en la transparencia, el desarrollo social y la representación efectiva de los ciudadanos.
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