Cada cierto tiempo, una noticia aparentemente anecdótica termina revelando una transformación mucho más profunda de la sociedad. La discusión que ha ocupado la opinión pública en torno a una eventual candidatura presidencial del influencer Santiago Matías, conocido como Alofoke, para las elecciones de 2028, pertenece precisamente a esa categoría.
Reducir este debate a la simpatía o antipatía que pueda despertar una figura pública sería un error de análisis. Lo verdaderamente trascendente no es si finalmente será candidato, ni mucho menos si llegaría a ganar unas elecciones. Lo importante es preguntarnos por qué una posibilidad como esa ha dejado de parecer imposible para una parte significativa de la sociedad dominicana.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han describe esta transformación mediante el concepto de infocracia: un régimen en el que la información y la atención comienzan a desplazar los mecanismos tradicionales de construcción del poder democrático. El poder ya no depende exclusivamente de las instituciones, los partidos o los grandes medios de comunicación, sino también de la capacidad para captar atención, movilizar emociones y construir comunidades en el entorno digital.
Durante décadas, el poder político se edificó sobre estructuras partidarias, liderazgos territoriales y discursos destinados a persuadir a la ciudadanía. Hoy, buena parte de esa disputa ocurre en plataformas digitales, donde los algoritmos priorizan qué contenidos vemos, cuánto tiempo permanecemos en ellos y cuáles terminan dominando la conversación pública.
En ese contexto, la atención se ha convertido en un recurso estratégico de poder. Quien logra captarla y sostenerla dispone de una ventaja que la política tradicional todavía no comprende del todo.
Por eso, el fenómeno Alofoke debe analizarse como un síntoma antes que como una excepción. Su ascenso evidencia que una parte importante de la sociedad ya no construye su confianza utilizando los códigos tradicionales de autoridad. La cercanía, la interacción permanente y la capacidad de generar conversación pesan hoy tanto como la experiencia política o la trayectoria institucional.
Nos guste o no, las plataformas digitales han transformado la forma en que millones de personas consumen información, construyen credibilidad y se relacionan con quienes influyen en la opinión pública.
Muchos observan este fenómeno desde una perspectiva exclusivamente moral y descalifican las dinámicas propias de las redes sociales. Sin embargo, la historia demuestra que las transformaciones culturales no desaparecen porque sean ignoradas; por el contrario, suelen fortalecerse cuando las élites insisten en interpretar el presente con categorías del pasado.
Ese es, precisamente, el desafío para la democracia. Mientras parte del liderazgo político continúa comunicándose como si la disputa electoral se librara únicamente en plazas públicas y caravanas, una nueva generación forma diariamente su visión del mundo a través de contenidos digitales, transmisiones en vivo y comunidades virtuales.
No se trata de una generación incapaz de pensar, sino de ciudadanos que procesan la información bajo códigos distintos. Comprender esa diferencia no implica idealizarla ni condenarla, sino reconocer que la política deberá adaptarse si aspira a seguir siendo representativa.
La historia reciente demuestra que ningún sistema democrático está blindado frente a estas transformaciones. La legitimidad política ya no se construye exclusivamente desde las estructuras tradicionales; también emerge en ecosistemas digitales capaces de convertir influencia en capital político con una velocidad inédita.
La República Dominicana no escapa a esa realidad. El crecimiento de discursos disruptivos, el desencanto hacia la política convencional y la creciente influencia de quienes dominan las plataformas digitales son señales que merecen ser analizadas con serenidad, no con desprecio.
La pregunta, por tanto, no es si un influencer puede aspirar legítimamente a la Presidencia de la República. En democracia, todo ciudadano que cumpla los requisitos constitucionales tiene ese derecho.
La verdadera pregunta es otra: ¿está preparada nuestra democracia para competir en un escenario donde la influencia digital puede transformarse en poder político con una rapidez nunca antes vista?
Ese debería ser el centro del debate nacional. Porque si seguimos creyendo que el poder se construye únicamente desde los partidos políticos, mientras millones de dominicanos forman diariamente sus opiniones en plataformas gobernadas por algoritmos, estaremos intentando explicar el presente con herramientas del pasado.
La mayor amenaza para una democracia no es la aparición de nuevos actores. Es dejar de comprender cómo está cambiando la naturaleza del poder. El 2028 podría convertirse en un punto de inflexión para la política dominicana, no necesariamente por los nombres que aparezcan en la boleta electoral, sino porque probablemente será la primera elección en la que la tensión entre la democracia tradicional y la infocracia se manifieste con toda su intensidad.
Cuando ese momento llegue, ya no bastará con tener el mejor discurso, la estructura más sólida o la mayor experiencia. Será indispensable comprender cómo se construyen hoy la confianza, la influencia y la legitimidad en una sociedad donde el poder comienza, cada vez más, en la pantalla de un teléfono móvil.
La verdadera discusión, entonces, no gira alrededor de un hombre. Gira alrededor del país que estamos construyendo. Las democracias rara vez desaparecen de manera abrupta; suelen transformarse silenciosamente, al mismo ritmo en que cambian las formas de informar, comunicar y pensar.
El desafío de nuestro tiempo no consiste únicamente en elegir a los próximos gobernantes. Consiste, sobre todo, en comprender quién está moldeando, desde ahora, la manera en que decidiremos elegirlos. Porque solo las sociedades que entienden cómo cambia el poder conservan la capacidad de decidir conscientemente su futuro.







