lunes, febrero 16, 2026
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El día en que la cultura dejó de ser brújula

No se trata de un cantante ni de un espectáculo. Se trata de lo que ocurre cuando la visibilidad sustituye a la excelencia como medida de éxito cultural.

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El espectáculo de Bad Bunny en el Super Bowl provocó reacciones intensas. Para muchos fue motivo de orgullo: un artista latino ocupando uno de los escenarios simbólicos más poderosos del mundo occidental. Otros lo vieron con incomodidad. Pero el debate público se ha quedado en un lugar equivocado: si el show gustó o no gustó.

La discusión relevante no es estética, es cultural.

No se trata del artista ni de su talento. Bad Bunny, como otros fenómenos globales, no es la causa del momento cultural actual, sino su resultado. Los artistas populares no crean la sociedad que los consagra; emergen de ella. Por eso, el análisis no debe dirigirse a la persona, sino al contexto que convierte determinadas expresiones en referentes dominantes.

Durante buena parte del siglo XX, la cultura cumplía una función aspiracional. La música, el cine, la literatura e incluso la televisión proponían modelos simbólicos hacia los cuales la sociedad se orientaba. No todos alcanzaban esos estándares, pero existía la idea de que la cultura debía elevar, no solo representar.

Hoy ocurre algo distinto. La cultura de masas ya no orienta: refleja. Su éxito depende de identificación inmediata, no de complejidad. El objetivo principal no es proponer un ideal, sino retener atención. En la era digital, lo que exige reflexión compite en desventaja frente a lo que se comprende en segundos. No porque exista un plan para empobrecer al público, sino porque el modelo económico premia la rapidez, la repetición y la viralidad.

El algoritmo no distingue entre profundidad y superficialidad; distingue entre permanencia y abandono. Y la industria cultural, como cualquier industria, produce aquello que el sistema de consumo recompensa.

En ese contexto, el Super Bowl mostró algo más significativo que un espectáculo musical. Mostró un cambio en la naturaleza misma del poder cultural. Durante décadas, Estados Unidos exportó identidad: idioma, estética, narrativa. Era su principal herramienta de influencia global. Hoy, las grandes corporaciones culturales ya no operan desde una lógica nacional, sino de mercado mundial. La cultura deja de ser un instrumento del país y pasa a ser un instrumento del negocio.

Por eso, el evento no fue una ruptura cultural estadounidense, sino una señal de transformación: la hegemonía cultural dejó de ser nacional para volverse corporativa y global. Y ese proceso genera tensiones internas en sociedades que perciben cambios demasiado rápidos en sus símbolos cotidianos.

El malestar que algunos expresan frente a estos fenómenos no nace necesariamente del rechazo al extranjero ni del conservadurismo automático. Muchas veces responde a algo más básico: la sensación de que los referentes comunes desaparecen. Cuando la cultura deja de ofrecer un punto de encuentro compartido y solo reproduce fragmentos de identidades, deja de cohesionar.

Este debate no es moral ni generacional. Es social. Una sociedad necesita inclusión cultural, pero también necesita referentes de excelencia. No porque todos deban alcanzarlos, sino porque orientan el esfuerzo colectivo. Cuando el éxito simbólico se define únicamente por visibilidad y no por aspiración, la cultura pierde su papel de guía y se convierte únicamente en espejo.

Bad Bunny no es el problema, el fenómeno que lo convierte en símbolo sí merece análisis.

No estamos presenciando el fin de la cultura, estamos presenciando el fin de la cultura como brújula, y una sociedad sin brújula no necesariamente se derrumba, pero sí deja de saber hacia dónde quiere avanzar.

Por Abril Peña

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