El Pontífice, asomado desde la ventana del Palacio Apostólico hacia una soleada la plaza de San Pedro repleta de fieles, inició su alocución previa a la oración mariana recordando que hoy se celebra en muchos países del mundo la Solemnidad de la Ascensión del Señor.
Hacia la plena comunión con el Padre
Centrándo su reflexión en la imagen de Jesús que sube al cielo, observó cómo esta imagen puede “puede hacernos percibir este Misterio como un acontecimiento lejano”, y puntualizó que en realidad “no es así” porque nosotros, de hecho, “estamos unidos a Jesús como los miembros a la cabeza, en un solo cuerpo, y su ascensión al cielo nos atrae también, con Él, hacia la plena comunión con el Padre”.
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Toda la vida de Cristo es un dinamismo ascendente, que abraza y envuelve, a través de su humanidad, todo el escenario del mundo, elevando y redimiendo al hombre de su condición de pecado, llevando luz, perdón y esperanza allí donde había tinieblas, injusticia y desesperación, para llegar a la victoria definitiva de la Pascua.
La Ascensión, entonces, según el Obispo de Roma, nos atrae también a nosotros “hacia la gloria celestial, ampliando y elevando nuestro horizonte y acercando cada vez más nuestro modo de pensar, de sentir y de actuar a la medida del corazón de Dios”.
El Santo Padre evidenció que nosotros conocemos el camino de este itinerario ascendente, ya que “lo encontramos en Jesús, en la entrega de su vida, en sus ejemplos y en sus enseñanzas”, en la “Virgen María y en los santos: aquellos que la Iglesia ofrece como modelo universal y aquellos «de la puerta de al lado» con los que vivimos cada día: papás, mamás, abuelos, personas de todas las edades y condiciones, que con alegría y compromiso se esfuerzan sinceramente por vivir según el Evangelio”.
Subir día a día hacia el cielo
Y es con ellos, con su apoyo y su oración, que podemos aprender también nosotros a “subir día a día hacia el cielo”, haciendo objeto de nuestros pensamientos, como dice san Pablo, “todo lo que es verdadero, justo, amable” y haciendo crecer, en nosotros y en nuestro entorno, “la vida divina que recibimos en el bautismo” y “difundiendo en el mundo frutos preciosos de comunión y de paz”.






