SANTO DOMINGO, RD.- El reciente comunicado de la Embajada de los Estados Unidos en Santo Domingo confirmó que la República Dominicana ocupa el segundo lugar del mundo en la emisión de visas de inmigrante, superada únicamente por México.
El año pasado, la delegación estadounidense aprobó más de 53,000 residencias para dominicanos, lo que representa cerca del 9% de todos estos visados otorgados a nivel global.
Sin embargo, esta puerta que se abre de par en par para quienes buscan mudarse legalmente, se vuelve mucho más estrecha y estricta para quienes solo quieren ir de viaje.
La otra cara de la moneda la viven los miles de dominicanos que solicitan una visa de paseo (B1/B2) y se quedan en el camino.
Los datos del Departamento de Estado revelan que la tasa de rechazo para el visado de turismo en el país ronda habitualmente entre el 35% y el 40%.
De cada diez dominicanos que se presentan con ilusión a su entrevista consular, un promedio de cuatro sale con una respuesta negativa. Esto coloca a la República Dominicana con uno de los índices de rechazo más altos de toda la región del Caribe.
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El principal muro con el que chocan los solicitantes es una ley de inmigración estadounidense muy específica (la sección 214b), que obliga al cónsul a asumir que todo el que pide una visa de paseo se quiere quedar a vivir allá.
La gran falla del solicitante dominicano radica en que no logra convencer al oficial de lo contrario en los pocos minutos que dura la entrevista. Romper esa sospecha de “inmigrante potencial” es el verdadero reto, y es ahí donde la mayoría de los perfiles fallan.
El motivo de rechazo más común es la falta de un arraigo económico sólido y creíble en el país.
Muchos dominicanos van a la ventanilla con un perfil financiero débil o inconsistente.
Cometen el error de presentar cuentas de banco con depósitos grandes hechos a última hora, lo que de inmediato enciende las alarmas del cónsul.
Asimismo, trabajar en la informalidad o no poder demostrar ingresos fijos y estables hace que el oficial estadounidense asuma que la persona no tiene lazos materiales lo suficientemente fuertes que la obliguen a regresar a la República Dominicana.
Otra de las fallas en el proceso son las mentiras o contradicciones en el formulario DS-160, que es la columna vertebral de la solicitud.
Gran parte del porcentaje que pierde la visa falla porque lo que dice en la entrevista no coincide con lo que se escribió en la computadora.
Esto ocurre casi siempre porque las personas le pagan a supuestos asesores o buscones que inventan datos, exageran puestos de trabajo o alteran la realidad para “arreglar” el perfil.
Cuando el cónsul hace una pregunta clave, el solicitante titubea o se contradice, destruyendo su credibilidad en segundos.
Por último, existe un factor familiar que juega en contra, como RD es el segundo país que más visas de residencia recibe, casi todo solicitante tiene a sus padres, hermanos o hijos viviendo legalmente en los Estados Unidos.
Para el cónsul, si una persona tiene a toda su familia cercana allá y aquí en el país no tiene un trabajo sólido ni propiedades, el centro de gravedad de su vida ya está en territorio estadounidense.
El filtro se vuelve entonces implacable, bajo el temor de que el viaje de paseo sea solo una excusa para no volver.







