Roberto Monclús
Las movilizaciones registradas en Teherán han reavivado el debate sobre la posible injerencia externa en los procesos de protesta dentro de regímenes cerrados. En el caso iraní, es clave recordar que el país funciona como una república teocrática, un sistema político en el que el poder religioso prevalece sobre el civil. Aunque existen elecciones y un presidente, la autoridad final recae en el Líder Supremo y en instituciones religiosas que supervisan y condicionan la vida política, social y cultural.
Irán cuenta con una población estimada de alrededor de 89 millones de habitantes, mayoritariamente joven y urbana. Esta composición demográfica guarda paralelismos históricos con el derrocamiento del Sha de Irán en 1979, cuando una amplia movilización popular, alimentada por el descontento social y económico, puso fin a una monarquía respaldada por Occidente y dio paso al actual sistema teocrático. Ese antecedente histórico sigue pesando en la memoria colectiva del régimen y explica su sensibilidad frente a cualquier protesta interna.
En la actual administración de Donald Trump, la política hacia Irán ha retomado un tono de confrontación directa: endurecimiento del discurso, respaldo a la estrategia de presión máxima y señales de apoyo político a sectores críticos del régimen iraní. Esta línea, asociada al trumpismo, concibe la inestabilidad interna como una palanca legítima para debilitar a gobiernos considerados hostiles a los intereses de Estados Unidos y sus aliados.
Sin embargo, atribuir las protestas exclusivamente a una operación inducida desde el trumpismo sería un error analítico. Irán enfrenta problemas estructurales profundos: inflación elevada, deterioro del poder adquisitivo, desempleo juvenil y el impacto prolongado de las sanciones internacionales. Estas tensiones internas generan un malestar social que existe independientemente de cualquier estímulo externo.
Este escenario contrasta con el significativo potencial económico de Irán. El país posee algunas de las mayores reservas de petróleo y gas natural del mundo, una ubicación geoestratégica clave y una base industrial, energética y científica considerable. No obstante, el aislamiento político y las restricciones financieras impiden que ese potencial se traduzca en bienestar social y crecimiento sostenido.
En suma, las movilizaciones en Teherán responden principalmente a causas internas, pero se desarrollan bajo la sombra de una historia marcada por la caída del Sha y el temor permanente del régimen a un nuevo colapso. El trumpismo no parece estar detrás de las protestas de forma directa, pero sí intenta capitalizarlas política y simbólicamente, integrándolas en una estrategia más amplia de presión sobre una república teocrática con gran peso demográfico, económico y geopolítico.











