domingo, junio 7, 2026

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“Evangelizar desde el Pesebre: El Reino que Nace con los Pobres”

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Por P. Marino Alcántara

 

La evangelización que nace del pesebre no puede hablar el lenguaje de los palacios. Jesús no nace en un centro de poder, ni es hijo de ninguna élite espiritual; nace pobre, de una mujer pobre, en un pueblecito pobre, y desde ahí revela un Dios que decide situarse —no por accidente, sino por opción— en el lado de quienes cargan sobre sus espaldas el peso del mundo. En América Latina, y particularmente en el Caribe, esta verdad sigue siendo subversiva: el Evangelio ha sido demasiadas veces leído desde arriba, manipulado por los intereses de quienes poseen la tierra, el capital, los medios y las narrativas. En nombre de un cristianismo domesticado, se justificaron estructuras que aseguran que los pobres permanezcan pobres, mientras se predica una salvación que no toca la historia real. Pero el Jesús del pesebre no fue nunca un símbolo de resignación; fue un anuncio de desobediencia espiritual ante todo sistema que normaliza la injusticia.

Desde la Diócesis Padre Montesinos, bajo la guía del obispo Padre Rogelio Cruz, queremos reabrir el Evangelio por la página correcta: la página escrita desde abajo. No se trata de una novedad ideológica, sino de una fidelidad radical al origen mismo de la fe. El primer sermón liberador de este continente —el de Fray Antón de Montesinos en 1511— no surgió del cálculo político, sino del estremecimiento ante un pueblo crucificado. Aquel grito sigue siendo la piedra fundacional de una evangelización caribeña que no teme denunciar, que no calla frente a la injusticia, que se sabe enviada a despertar conciencias antes que a apaciguar estructuras. Por eso esta diócesis lleva su nombre: porque se debe al pueblo que sufre y existe para su liberación.

Una evangelización desde los pobres no es discurso victimista ni bandera ideológica; es una hermenéutica distinta. No leemos el Evangelio desde la comodidad del poder, sino desde los pies descalzos de quienes lo escuchan para vivir, no para entretenerse. Cuando se lee desde ahí, Jesús deja de ser un símbolo decorativo y se revela como Aquel que acompaña, denuncia, cura, rompe cadenas y devuelve dignidad. Esta es la línea que también inspira a quien nos antecedió en el camino: don Carlos Duarte, fundador de la Iglesia Católica Apostólica Brasileña, cuya visión cristocéntrica y liberadora comprendió que la Iglesia no puede convertirse en servidora de las élites, sino en rostro cercano del Cristo que se hace pueblo.

En un tiempo marcado por fake news, manipulación mediática, discursos religiosos vacíos y narrativas que quieren convencer al pobre de que su pobreza es un “designio divino”, urge recuperar la verdad sencilla del pesebre: Dios entra en la historia por la grieta más humilde para que ninguna vida quede descartada. Evangelizar desde los pobres es negarse a repetir los relatos que justifican la exclusión y optar conscientemente por escuchar la voz de los que nadie oye. Significa leer la economía, la política, la educación y la espiritualidad desde las heridas del pueblo, no desde los balances del poder.

Este Adviento es una invitación a volver al pesebre no como postal romántica, sino como acto político del amor de Dios. Así como Montesinos gritó por los indígenas maltratados y Duarte defendió la libertad de conciencia frente al autoritarismo eclesial, hoy nuestra misión es anunciar un Evangelio que se compromete, que incomoda, que levanta, que transforma. Una Iglesia que nace del pueblo y para el pueblo no puede conformarse con administrar templos; debe abrir caminos, defender derechos, denunciar injusticias y convertirse en signo de esperanza real.

La nueva evangelización desde el Caribe no surge de grandes teorías, sino de la convicción de que Dios sigue naciendo donde menos se le espera. El pesebre es el lugar teológico desde el cual miramos el mundo. Y desde ese lugar afirmamos que el Reino no será un privilegio para unos pocos, sino una promesa que empieza a cumplirse cuando los pobres dejan de ser objeto de discursos para convertirse en sujetos de su propia liberación. Esta es la tarea, este es el compromiso y este es el Evangelio que estamos llamados a encarnar.

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