La mentira comienza en las premisas

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Vivimos en la era de la información, pero también en la era de las premisas equivocadas. Nunca antes la humanidad había tenido acceso a tanto conocimiento y, al mismo tiempo, había estado tan expuesta a aceptar como verdaderas ideas que jamás han sido sometidas al juicio de la razón. Ese fenómeno explica buena parte de las crisis personales, sociales y políticas que caracterizan nuestro tiempo.

Existe un principio esencial de la lógica que conviene recordar: la solidez de una conclusión depende de la veracidad de las premisas de las que parte. Si el fundamento es falso, el edificio intelectual, por elegante que parezca, terminará alejándose de la realidad.

Aristóteles comprendió esta verdad hace más de dos mil años al sentar las bases de la lógica. Siglos después, René Descartes propuso la duda metódica como herramienta para desmontar las falsas certezas y reconstruir el conocimiento sobre bases firmes. Más tarde, Karl Popper sostuvo que una idea solo merece credibilidad cuando resiste el examen crítico y la confrontación con la evidencia.

La ciencia moderna ha confirmado estas intuiciones filosóficas. Los trabajos de Daniel Kahneman y Amos Tversky demostraron que la mente humana no siempre razona con objetividad. Nuestro cerebro recurre a atajos mentales que favorecen el llamado sesgo de confirmación: tendemos a aceptar aquello que coincide con nuestras creencias y a rechazar lo que las contradice, aunque la evidencia favorezca lo segundo.

Quizá por eso tantas personas viven dentro de una realidad fabricada por narrativas repetidas hasta convertirse en dogmas. Se les hace creer que el éxito se mide únicamente por la riqueza, que la popularidad equivale al prestigio, que el número de seguidores define el liderazgo o que una opinión viral tiene el mismo valor que un hecho comprobado.

La consecuencia es una sociedad donde muchos defienden conclusiones con vehemencia, pero pocos se detienen a examinar la25 premisas que las originan.

La República Dominicana tampoco escapa a esta realidad. En el debate político, en la conversación pública e incluso en la vida cotidiana, abundan afirmaciones construidas sobre rumores, percepciones o intereses particulares que terminan desplazando a los hechos. Cuando una sociedad deja de valorar la evidencia y comienza a premiar la repetición, la verdad pierde terreno frente a la conveniencia.

El filósofo Friedrich Nietzsche advertía que las convicciones pueden ser más peligrosas que las mentiras. La mentira puede descubrirse; la convicción infundada suele defenderse con pasión, incluso cuando los hechos la desmienten.

Por ello, el pensamiento crítico ya no es una habilidad reservada a las academias. Es una condición indispensable para ejercer una ciudadanía responsable. Preguntarnos quién afirma algo, sobre qué evidencia lo sostiene y qué intereses pueden existir detrás de ese discurso es un acto de responsabilidad intelectual.

Cada generación hereda un conjunto de creencias; sin embargo, también tiene el deber de examinarlas. No todo lo tradicional es verdadero, como tampoco todo lo novedoso representa progreso. La verdad no depende de la antigüedad de una idea ni de su popularidad, sino de su correspondencia con la realidad.

Antes de aceptar cualquier narrativa política, social, económica o personal conviene formular una pregunta decisiva: ¿son verdaderas las premisas sobre las que descansa? De esa respuesta dependerán nuestras decisiones y, en gran medida, nuestro destino.

Porque las grandes equivocaciones de la historia no comenzaron con conclusiones erróneas; comenzaron cuando alguien aceptó una premisa falsa sin atreverse a cuestionarla. Y una sociedad que deja de examinar sus premisas corre el riesgo de convertir la ilusión en norma y el error en cultura.

La verdad no siempre es cómoda, pero sigue siendo el único cimiento capaz de sostener una vida, una institución y una nación que aspiren a perdurar.

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