Una amiga, siempre atenta a lo que ocurre en las redes del ecosistema mediático donde ofrezco mis servicios profesionales como comentarista de noticias y analista de temas de integración en Su Mundo, suele llamarme preocupada por las “miniaturas” que aparecen en los clips digitales. Esas cápsulas, editadas estratégicamente para generar atención y no necesariamente entendimiento, a menudo terminan descontextualizando todo lo que una entrevista o participación intenta aportar.
Recientemente, una intervención nuestra en el programa de Manolo Ozuna y Anabell Alberto provocó una andanada de comentarios negativos en redes sociales. La conversación, aunque amena y profunda, tocó temas históricos, personales y políticos: desde la corrupción administrativa, hasta mi afirmación (provocadora, sí) de que “me robaré la luz”, en un contexto de crítica al abuso tarifario. También abordamos la posibilidad de una candidatura independiente.
A pesar de las críticas virtuales, he recibido en privado opiniones favorables y reflexivas sobre la conversación completa. Los conductores, por cierto, solo han sonreído después del estreno. Y yo he respondido lo mismo que a mi familia, que también expresa su preocupación por los ataques digitales: “Bienvenido a la era de la Viralidad y el Algoritmo.”
¿Qué es la viralidad?
La viralidad no es sinónimo de calidad. Es apenas una métrica emocional, una combustión rápida de reacciones inmediatas. Algo viral es, por definición, un contenido que se reproduce masivamente, sin filtro, sin contexto, sin detenerse a analizar. En la mayoría de los casos, no importa si es cierto, edificante o responsable. Lo único que importa es que detone algo: morbo, odio, euforia, cancelación, risa o indignación.
¿Y qué es el algoritmo?
El algoritmo es el nuevo editor en jefe del siglo XXI. Invisible, impersonal, programado para maximizar la permanencia de los usuarios en una plataforma. No responde a criterios éticos ni a jerarquías periodísticas. No sabe de historia ni de verdad. Solo mide lo que genera clics, vistas, reacciones y comentarios. El algoritmo es la lógica matemática que decide qué ves, cuándo lo ves y cuánto lo ves. Y si algo no genera suficiente “engagement”, simplemente desaparece del radar digital, como si nunca hubiera existido.
El problema: el contenido sano y reflexivo está perdiendo la batalla
La viralidad y el algoritmo no están premiando el contenido sensato, educativo, histórico, esperanzador u objetivo. Todo lo contrario. Están sepultando las voces que construyen, las que educan, las que matizan, las que ofrecen contexto. En su lugar, están entronizando lo emocional, lo fragmentado, lo que escandaliza o polariza. Como sociedad, corremos el riesgo de vivir no solo en burbujas informativas, sino en un permanente estado de distorsión emocional.
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Lo que importa ya no es lo que dijiste, sino cómo alguien puede recortar una frase tuya, sacarla de contexto y colocarla en una miniatura sensacionalista para alimentar el morbo o la furia del día. Y eso, créanme, no lo hace un adversario ideológico o un crítico intelectual, sino el algoritmo, en busca de su alimento preferido: la atención masiva e instantánea.
No me asustan los comentarios
No me escandalizan los comentarios negativos ni el ruido en redes. Me preocupa, más bien, el desplazamiento que está ocurriendo. Estamos dejando de formar opinión pública y estamos creando opinión viral. Estamos perdiendo la capacidad de conversar con argumentos, y estamos optando por la cultura del zapping emocional.
Pero esta era, la de la viralidad y el algoritmo, también nos da una oportunidad: la de resistir con coherencia. La de seguir defendiendo el contenido que aporta, aunque no sea trending topic. La de seguir creyendo que vale más un mensaje que siembra reflexión, que mil comentarios que siembran odio.
En tiempos de desinformación y ruido digital, tal vez la mayor rebeldía es seguir diciendo cosas sensatas.







