La escena del filósofo Diógenes de Sinope, que caminaba de día con una linterna buscando a un hombre honesto, parece hoy una metáfora dolorosamente vigente en la República Dominicana.
Desde el año 2000, el país ha vivido una alternancia política que prometió cambios
profundos, pero dejó intactas muchas de las estructuras que sostienen la corrupción, elclientelismo y la desigualdad ante la ley.
El ciclo comienza con la llegada al poder de Hipólito Mejía y el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), continúa con el largo dominio del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), bajo los liderazgos de Leonel Fernández y Danilo Medina, y llega al presente con el Partido Revolucionario Moderno (PRM) y el actual presidente Luis Abinader, bajo la promesa del “cambio”.
Veinticinco años después, la pregunta que se impone es simple y brutal: ¿qué cambió
realmente para el ciudadano común?
Cifras que no admiten discursos
Hoy, la República Dominicana registra 36 puntos sobre 100 en el Índice de Percepción de la Corrupción (2024). Alrededor del 62 % de la población considera que la mayoría o todos los políticos son corruptos. Más de la mitad de las personas privadas de libertad se encuentra en prisión preventiva, sin condena, una realidad que golpea sobre todo a los sectores más pobres.
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Dinero, narcotráfico y poder
A este escenario se suma un componente que ya no puede seguir tratándose como un rumor: el dinero del narcotráfico y de economías ilícitas ha penetrado, directa o
indirectamente, la política dominicana. Casos emblemáticos, como el del narcotraficante Quirino Paulino, dejaron al descubierto la relación peligrosa entre financiamiento electoral y crimen organizado.
En un sistema donde ganar elecciones exige enormes recursos económicos, el dinero sin importar su origen se convierte en el verdadero filtro del poder.
El voto convertido en mercancía
Comida, dinero en efectivo, bebidas, bonos sociales o promesas individuales sustituyen al debate político. La democracia se degrada cuando el hambre obliga al ciudadano a intercambiar su derecho por supervivencia. El clientelismo no es una anomalía: es una forma de administrar la pobreza.
Justicia selectiva, democracia frágil
La percepción social es contundente: la justicia castiga con rapidez al débil y negocia con el poderoso. Esta lógica erosiona el Estado de derecho y alimenta la impunidad.
¿Qué significa hoy buscar un hombre honesto?
Buscar un hombre honesto no es buscar un mesías electoral. Es exigir partidos con
financiamiento transparente, candidatos sin vínculos ilícitos, una justicia capaz de procesar al pobre y al poderoso con la misma severidad, y una ciudadanía que comprenda que su voto no es una mercancía, sino un acto ético.
Frente al 2028, la disyuntiva no es entre partidos, sino entre vender el voto para sobrevivir hoy o votar con conciencia para no seguir sobreviviendo siempre.








