El «no», deber cívico de la diáspora

El tribalismo es una enfermedad social que solemos apreciar únicamente cuando estamos en el otro grupo de la tribu unificada. En esos casos, somos bastante rápidos al identificarlo con racismo, invasión o exclusión; no tanto cuando lo vemos en los nuestros.

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POR: ALLAN TORRES.

Hoy pretendo alejarme del mundo de la tecnología para tratar un tema político, como lo ha sido el de las elecciones internas del Partido Demócrata en Nueva York. Es un tema del que estoy más que cualificado para hablar, ya que soy dominicano, pertenezco a ese ser etéreo e informe llamado “la diáspora”, y soy portador de un pasaporte estadounidense.

Fuera de valoraciones personales que cada uno pueda hacer sobre los candidatos que chocaron esta semana, especialmente relevantes los del distrito 13 de NY, algo que he visto repetidamente en perfiles de opinión pública tanto en cuentas privadas de dominicanos como en otras es un fuerte sentimiento de traición y decepción por lo que la diáspora ha votado.

El comentario más recurrente es que los dominicanos del distrito NY-13 ya sea de primera o de segunda generación han votado en contra de los intereses de la República Dominicana, aludiendo a que un residente y ciudadano de otro país debe votar y legislar centrado en intereses extranjeros por sobre los de su entidad político-administrativa.

Antes que nada, cabe aclarar que todos los dominicanos con derecho a voto en la mayoría del territorio estadounidense son, a su vez, estadounidenses, y están votando sobre la soberanía política de Estados Unidos. Antes de entrar a fondo, les haré esta pregunta: ¿aceptaría usted a un grupo étnico radicalizado en la República Dominicana que presente a un candidato propio cuya campaña se base en gobernar en pro de su país de origen? Déjenme responder: no. Todos, y con justa razón, estaríamos hablando de traición a la patria.

Si para responder la primera pregunta bastó leerla y razonarla, pero para responder a la segunda hay que añadir que los dominicanos son gente buena, que emprenden adonde llegan, que abren peluquerías y restaurantes, y que juegan sóftbol los fines de semana, es justo ahí donde hay que empezar a replantearse ciertas cosas.

Se puede tener una identidad étnica sin ser un fanático que vota a cualquier charlatán que sale ondeando tu bandera en un mitin político. Ejemplos, haberlos, los hay.

Las culturas irlandesa, británica, alemana e italiana son bastante prominentes en todo el noreste del país, y, salvo deshonrosas excepciones de tribalistas demagogos, es infrecuente ver a políticos de esas ascendencias haciendo campaña centrados en cómo van a trabajar para beneficiar a su país de origen.

Algo que sí todos hacen es salir orgullosos de sus raíces y costumbres, pero enfocándose en los problemas del día a día de sus constituyentes. Pues, en mi caso, no quiero que mi representante austro‑americano gobierne para los austriacos, sino para mis co-constituyentes y para mis conciudadanos.

El tribalismo es una enfermedad social que solemos apreciar únicamente cuando estamos en el otro grupo de la tribu unificada. En esos casos, somos bastante rápidos al identificarlo con racismo, invasión o exclusión; no tanto cuando lo vemos en los nuestros.

En este ensayo, solo pretendo llamar a la cordura política que bastante falta nos hace, de este y del otro lado del charco. Cuando vayamos a votar en Estados Unidos, Europa, o cualquiera que sea el país que nos acoja, votemos por lo mejor que consideremos para el conjunto de esa nuestra nueva nación; y cuando vengan las elecciones dominicanas, hagamos lo propio.

Que Dios bendiga a los Estados Unidos de América, y Dios, Patria y Libertad.

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