En un mundo marcado por tensiones políticas y discursos confrontativos, como los que hoy rodean la figura del presidente estadounidense Donald Trump, el béisbol vuelve a recordarnos que hay espacios donde la humanidad todavía se encuentra para celebrar la alegría y la esperanza.
En ese escenario aparece el equipo dominicano del Clásico Mundial de Béisbol, un conjunto que no ha dejado indiferente a nadie y que se ha convertido en un fenómeno global.
Más que un roster de estrellas, es un símbolo de identidad para un país que respira béisbol desde la infancia hasta la gloria profesional.
La selección quisqueyana reúne a una generación extraordinaria de talento joven que ya domina el béisbol mundial. Figuras como Juan Soto, Junior Caminero, Vladimir Guerrero Jr. y Fernando Tatis Jr. representan el presente y el futuro del deporte.
Son estrellas millonarias, sí, pero cuando visten el uniforme tricolor dejan atrás los contratos y juegan con el corazón de barrio, con la misma pasión con la que comenzaron en los play de tierra de la República Dominicana.
Al frente del equipo está una leyenda viva del béisbol, Albert Pujols, cuya figura transmite liderazgo y experiencia.
A su alrededor se levanta un auténtico consejo de sabios del béisbol dominicano: el primer inmortal quisqueyano de Cooperstown, Juan Marichal; el incomparable Pedro Martínez; el carismático David Ortiz; el elegante Adrián Beltré y el incansable capitán Nelson Cruz.
Juntos representan la continuidad de una tradición que ha llevado el nombre de la República Dominicana a los escenarios más grandes del béisbol mundial.
Por eso este equipo es más que deporte. Es un fenómeno cultural y emocional. En medio de un planeta donde las guerras dividen y la política confronta, el béisbol tiene la capacidad de unir.
Cada batazo, cada jugada y cada victoria del equipo dominicano provoca un sentimiento colectivo que trasciende el estadio. Es como si una fuerza superior guiara este momento, como si Dios hubiese puesto su mano sobre esta generación de peloteros que hoy inspira a millones.
Confieso que mis expectativas sobre este Clásico eran mínimas. Sin embargo, al ver la alegría que estos muchachos estrellas del béisbol mundial están provocando en mi amado pueblo, siento una emoción difícil de describir.
Leer también: La Doctrina Monroe o la Doctrina Trump: El retorno de una hegemonía necesaria
Es orgullo, es esperanza, es identidad. Durante años llegué a pensar que hubiese querido ser brasileño, seducido por su fútbol y su grandeza cultural.
Pero hoy, viendo a estos dominicanos defender nuestra bandera, siento más que nunca el mismo orgullo que inspiraron figuras como Johnny Ventura y el padre de la patria Juan Pablo Duarte.
Porque cuando el béisbol habla en dominicano, la patria entera escucha.











