El Papa expresó, que la tradición musulmana asocia la compasión, ra’fa, con la misericordia como un don dado por Dios en el corazón de los creyentes, y al-Ra’uf, nos recuerda que la compasión siempre tiene su origen en Dios mismo. De manera similar, en la tradición cristiana, la Sagrada Escritura revela a un Dios que no permanece indiferente al sufrimiento; y que, en Jesucristo, esta compasión divina se hace visible y tangible.
“Dios va más allá de ver y oír al asumir nuestra naturaleza humana para convertirse en la encarnación viva de la compasión. Siguiendo el ejemplo de Jesús, la compasión cristiana se convierte en compartir o «sufrir con» los demás, especialmente con los más desfavorecidos. Por esta razón, «el amor a los pobres cualquiera que sea la forma que adopte su pobreza es el sello distintivo evangélico de una Iglesia fiel al corazón de Dios”.
Para nuestras tradiciones, precisó el Papa, la compasión y la empatía humanas no son algo adicional u opcional, sino un llamado de Dios a reflejar su bondad en nuestra vida diaria. Por lo tanto, esta creencia tiene implicaciones sociales. En este sentido, citó al Papa León XIII quien nos enseñó que los pobres y marginados merecen especial atención y ayuda de la sociedad y del Estado.
“En este sentido, deseo expresar mi agradecimiento por los generosos esfuerzos del Reino Hachemita de Jordania al acoger a los refugiados y ayudar a quienes lo necesitan en circunstancias difíciles”.
Uno de los desafíos espirituales más serios de nuestro tiempo
Pero al mismo tiempo, el Santo Padre advirtió que, la compasión y la empatía corren el riesgo de desaparecer hoy en día. Los avances tecnológicos nos han conectado más que nunca, pero también pueden conducir a la indiferencia.
“El flujo constante de imágenes y videos de las dificultades ajenas puede insensibilizar nuestros corazones en lugar de conmoverlos. El Papa Francisco nos advirtió que «nos hemos acostumbrado al sufrimiento ajeno [pensando]: no me afecta, no me interesa, no es asunto mío». Este tipo de apatía se está convirtiendo en uno de los desafíos espirituales más serios de nuestro tiempo”.
En este contexto, el Pontífice afirmó que, cristianos y musulmanes, nutridos por la riqueza de nuestras respectivas tradiciones, estamos llamados a una misión común: reavivar la humanidad allí donde se ha enfriado, dar voz a quienes sufren y transformar la indiferencia en solidaridad. “La compasión y la empatía, concluyó, pueden ser nuestros instrumentos, pues tienen el poder de devolver la dignidad al otro”.
Finalmente, el Papa manifestó su deseo que, Jordania siga siendo un testimonio vivo de esta compasión, así como un signo de diálogo, solidaridad y esperanza, en una región marcada por las adversidades. Y pidió la bendición para ellos.






