REDACCIÓN.- Tienen grandes ojos y orejas, largas colas peludas, pesan ligeramente menos de 455 gramos y usan sus bigotes para orientarse por la noche en zonas montañosas.
Conozcan a la rata de bosque de Alleghen, aunque puede ser difícil conocerla porque la población de esta especie en el este de Estados Unidos ha disminuido en las últimas décadas.
Ahora, científicos e investigadores de zoológicos, universidades y agencias de gestión de vida silvestre de 10 estados -incluidos Maryland, Virginia, Pensilvania y Nueva Jersey– están tratando de entender qué está causando su declive y lanzando esfuerzos para aumentar su población.
“En este momento, estamos tratando de averiguar dónde todavía tenemos ratas de bosque y cuáles son las amenazas a las que se enfrentan”, dijo Megan Zagorski, ecóloga del servicio de patrimonio de vida silvestre del Departamento de Recursos Naturales de Maryland.
Conocidas científicamente como Neotoma magister, las ratas de bosque alguna vez vivieron entre acantilados rocosos, cuevas y rocas en montañas en un área que se extendía desde Nueva York hasta Alabama y al oeste hasta Indiana.
Ahora, dijeron los expertos, han desaparecido de Nueva York y se les ha visto en un solo sitio en Nueva Jersey. También se encuentran en Maryland, en los condados de Garrett y Allegany, y en Virginia desde las estribaciones orientales de las montañas Blue Ridge hasta la frontera con Virginia Occidental.
“Se les apoda ‘ratas acaparadoras’ porque son conocidas por decorar sus hogares con objetos como cartuchos de escopeta, tapas de botellas y tiras de papel”. Almacenan comida -nueces, ramitas, cortezas, frutos de cornejo- para sobrevivir al invierno.
Los científicos señalaron que hay muchas razones detrás del declive de las ratas de bosque.
Un factor es la pérdida de fuentes clave de alimento, dijo Rick Reynolds, biólogo de vida silvestre del Departamento de Recursos de Vida Silvestre de Virginia. Solían comer castañas americanas, pero cuando estas fueron casi erradicadas por enfermedades, recurrieron a bellotas de roble, las cuales también fueron afectadas por insectos y enfermedades.
Las ratas de bosque han tenido que depender de otros alimentos, incluyendo helechos, uvas, caquis o “cualquier cosa que produzca frutas o bayas”, además de hongos y trufas, explicó Reynolds.

También han sufrido la pérdida de hábitat debido a carreteras y desarrollos que han fragmentado la población y las han aislado entre sí, lo que ha llevado a una baja diversidad genética y, eventualmente, a la endogamia.
Además, están siendo afectadas por un parásito nemátodo transportado por mapaches pero fatal para las ratas de bosque. Los científicos dijeron que las ratas de bosque a veces comen semillas no digeridas en los excrementos de mapaches, lo que las hace enfermarse y eventualmente morir.
En Virginia -donde las ratas de bosque están clasificadas como una “especie de mayor necesidad de conservación”- Reynolds indicó que probablemente se hayan perdido en la parte noreste del estado.
Maryland, que lista a la especie como en peligro, tenía más de 100 sitios con ratas de bosque en la década de 1990, incluidos el condado de Frederick y las cercanías de Great Falls en el río Potomac, en el condado de Montgomery, pero más de la mitad han desaparecido.
En un esfuerzo por detener su declive e incrementar sus números, los científicos están colocando cebos desparasitantes para mapaches, para librarlos de parásitos, y capturando ratas de bosque para enviarlas a zoológicos y otros estados, incluidos Nueva Jersey, Pensilvania, Ohio, Indiana, Maryland y Carolina del Norte, para garantizar la diversidad genética.
El Zoológico de Maryland, en Baltimore, fue uno de los primeros en criar ratas de bosque, comenzando en la década de 1990. Su programa continuó durante 12 años, hasta que la última murió en 2002. El año pasado, el zoológico reinició su programa de cría de ratas de bosque después de que expertos trajeran una hembra salvaje embarazada desde Pensilvania. Ella dio a luz a tres crías que fueron marcadas y liberadas en la naturaleza: una en en el estado y dos en Indiana.
“Son tan reservadas y difíciles de observar en la naturaleza”, comentó Grimm, “que tenerlas aquí nos permite aprender sobre ellas y cómo viven”, concluyó.








